Miércoles, 18 Abril 2018 18:04

Siempre dispuesta a servir.

hna ma fernanda
Hna. Mª Fernanda Choez (Guayaquil, Ecuador): Y ella trabajaba sin pronunciar ni una queja.

La Hna. Mª Fernanda Choez es de Guayaquil (Ecuador). Recuerda a Catalina como una joven alegre y con una gran capacidad de olvidarse de sí misma para servir a los demás. Su ejemplo la sigue ayudando mucho.

No recuerdo cuando conocí a Catalina exactamente, pero recuerdo que a veces ella venía a la residencia de estudiantes de Guayaquil, o nosotras íbamos con las hermanas a Playa Prieta y la veíamos. Ella siempre estaba animando a todos con las anécdotas que contaba, bromas y sus famosos chistes. Me asombraba su felicidad en medio de la sencillez de su vida. Es que realmente ya lo había encontrado todo y no le faltaba nada para ser feliz.

Otra cosa que nunca me dejaba de sorprender y que me dejaba pensando mucho era su capacidad de servicio. Por ejemplo: en las comidas estaba pendiente de que a nadie le faltara nada. Y si faltaba comida, ella era capaz de sacrificarse para que tu comieras. Ella no quería ser la que más cómoda estaba, quería que el resto se sintiera bien. A mí me cuestionaba mucho, porque no es algo que resulta fácil. Catalina sabía salir de ella y darse a los demás.

Una vez, hablando con ella, le pregunté a qué se dedicaba. Me dijo que trabajaba recogiendo limones. Quedé un poco desconcertada y se pasaron muchas preguntas por la cabeza, sobre todo porque ella era joven, y ese era un trabajo sencillo. Ella respondía con una naturalidad y alegría que no me lo podía creer. Cuando le pedías un favor siempre le salía un sí, aunque el favor que le pidieras significara cambiar sus planes. Nunca le escuché decir un: «Estoy cansada, no puedo, más tarde…»

En una ocasión, ella estaba cuidando a una ancianita en Guayaquil. Era su trabajo, por lo tanto, la podía ver más seguido. Un día la noté un poco cansada. El trabajo parecía costar un poco, más aún cuando eres joven y te gustaría estar haciendo otras cosas. Pero en ella se notaba el amor que daba a la ancianita y que se reflejaba en el trato, en las respuestas que le daba. Lo que le importaba era que la otra persona estuviera feliz. Y ella trabajaba sin pronunciar ni una queja.

Una vida sencilla, alegre, muy alegre. Siempre dispuesta a servir. Catalina, comportándose así, sin darse cuenta me hacía y me sigue haciendo reflexionar para hacer lo que Dios quiere y amar mucho.

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