Miércoles, 19 Abril 2017 21:00

Yo la admiraba

Mª Augusta, Catalina, y Mayra

Mª José Zambrano (Ecuador):  Catalina y yo entablamos una amistad muy bonita. Tan bonita que puedo decir con seguridad que era la única persona con la que me sentía segura y confiada.

Mª José ZambranoMª José Zambrano, de Chone (Ecuador) nos cuenta sus recuerdos de Catalina. La conoció en el primer campamento del Hogar de la Madre al que Mª José asistió. Catalina fue su monitora, y a Mª José le marcó muchísimo su ejemplo de entrega y sacrificio.

Catalina era un ser humano único. Siempre se entregaba a todo lo que tenía que hacer con mucho amor. Nunca la escuche decir de su boca: “No puedo”.

La conocí en mi primer campamento. Como es normal, nadie me caía bien el primer día de campamento, solo mis compañeras de colegio con las que yo pretendía que iba a estar todo el tiempo. Mi sorpresa fue que me separaron de las únicas personas que conocía, y que estaba en un equipo de chicas que no conocía. Una de ellas era mi monitora. Era Catalina. 

Me acuerdo que esa primera noche de campamento nadie hablaba, solo Catalina haciendo chistes y riéndose mucho, ganándose desde ya el cariño de cada una de las chicas de la unidad. Nos decía: “Ánimo, chicas. Esto recién empieza. ¡Ánimo!” La recuerdo preguntando todo sobre nosotras. Escuchamos todas la historia de las demás chicas, hasta que al final me tocó hablar a mí. Yo no quería hablar con ninguna de ellas y mucho menos contar como llegué al campamento. Entonces Catalina me dijo: “No te preocupes, ahora es normal que te dé vergüenza… Yo estoy aquí igual… Pero te acordarás de este momento el último día de campamento, cuando ya no te quieras ir. Y allí seguiré estando yo”. 

Pasando los días, Catalina y yo entablamos una amistad muy bonita. Tan bonita que puedo decir con seguridad que era la única persona con la que me sentía segura y confiada. Entonces fue cuando decidí contarle la historia de cómo llegué. Ella de cada cosa me sacaba un chiste diferente, o algo que me hacía reír. Durante todo el campamento se preocupó mucho por cada una de nosotras. Yo la admiraba, en especial por cómo se entregaba a Dios en todo lo que hacía. 

CatalinaLa tercera noche de campamento me llevé la sorpresa de descubrir que Catalina nos había repartido camas a todas, pero ella había estado durmiendo en el suelo. Me di cuenta solo porque las dos nos quedamos hasta el final para cambiarnos. Yo me acosté, y Catalina comenzó a matar tiempo para ver si yo me dormía y no me daba cuenta. Me levanté muy enojada porque ella no nos había dicho nada, y lo primero que le dije fue que se levantara de allí y subiera a la cama, que había espacio para las dos. Ella comenzó a reír mucho y me dijo: “Ven”. Salimos de la habitación y me dijo riendo: “No te preocupes para mí, no es ninguna molestia dormir en el piso. Además, es cómodo”. Yo, muy enojada, le dije que no me parecía bien que ni siquiera tuviera una colcha con que abrigarse. Pero ella solo seguía riéndose. Hasta que dijo: “Está bien, vamos a dormir y mañana hablamos”. 

Después de eso, solo pude pensar que Catalina era muy buena. Uno de los últimos días de campamento, ella me dio su correo, porque me decía que yo no debía perderme del rebaño. Después de que terminó el campamento le escribí con mucha emoción esperando su respuesta. Me respondía cuando podía, y yo lo entendía. Cuando me llegaba un mensaje de Catalina siempre tenía una sonrisa que mostrar. Así pasé con ella, enviándonos mensajes por correo por muchos meses. Sin darme cuenta, llegó mi cumpleaños, y mi mayor alegría ese día fue que aproximadamente a las seis y veinticinco de la mañana, sonó mi teléfono. No tenía ni idea de quién podía ser. Catalina me dijo: “¡Hola niña, buenos días! ¡Feliz cumpleaños! Espero la pases super cerca del Señor y que tengas un día lleno de bendiciones. Sé buena y no olvides que el Señor y la Virgen te aman mucho”. Yo me quedé con la boca abierta diciendo: “¿¿Qué?? ¡Lo siento, no sé con quién hablo!” Catalina soltó una risa. Fue allí que la reconocí. Nos pusimos a hablar y hablar… Mi día estuvo lleno de mucha alegría gracias a esa llamada. 

También puedo contar con mucha alegría que, en el ultimo campamento, cuando ella fue jefa de campamento, la última noche yo me había quitado mi escapulario. Ella se dio cuenta y me dijo: “Ten, conserva el mío. Póntelo. Es mi primer escapulario. Ahora quiero que tú lo tengas y lo cuides”. Enseguida dije: “No, tú no puedes quedarte sin escapulario”. Me dijo: “No te preocupes, aquí tengo otro”. Y se lo puso. Le pregunté que porqué ella no me daba el nuevo, para que ella conservara su primer escapulario, y me dijo: “No, no, Mª José, quiero que tú lo tengas”. Sonreímos y me dio un abrazo inmenso diciéndome, como siempre: “Se buena”.

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