maugusta homeMaría Augusta Muñoz Rodríguez

Fecha de nacimiento: 22/06/1992, Chone (Ecuador)
Fecha de entrada en las Siervas: 20/10/14
Fecha de muerte: 16/04/2016, Playa Prieta (Ecuador)

Las jóvenes del Hogar de la Madre llamaban a María Augusta “Cieli”. La empezaron a llamar así  porque su hermana decía que “tenía ojos de cielo”. Pero no debían ser solo los ojos lo que llamaba la atención en María Augusta, a juzgar por lo que la Hna. Kelly María Pezo escribe: “Siempre nos quiso, pero es verdad que, desde que entró como Sierva, ese amor fue aumentando más y más. Cada vez que nos veía se le iluminaba la cara, y sonreía con esa sonrisa grande y tan llena de luz que tenía ella”. La Hna. Ruth Ibáñez añade: “La recuerdo siempre feliz de ser del Hogar de la Madre, porque quería mucho a Nuestra Madre”.

María Augusta Muñoz Rodríguez nació el 22 de julio de 1992 en Chone, población de la provincia de Manabí (Ecuador). Sus padres se llaman Glenda y Odilón y su hermana Andrea. Fue precisamente de la mano de Andrea, siendo María Augusta aún una niña, como Cieli comenzó a aparecer por las actividades del Hogar de la Madre. En esa primera etapa su disposición no era muy buena. Estaba allí porque tenía que estar, pero no porque quisiera estar.

María Augusta de adolescente

María Augusta de adolescente

Estudió en el Colegio Amazonas, de Chone. Gema Menéndez, que estudió también en el Amazonas dice de ella: “Era una chica muy alegre. Quería mucho a sus amigos del colegio. Estaba muy unida a ellos. Lo sé porque a veces me pedía oraciones por ellos, sobre todo cuando se enteraba de que algo les había pasado, o de que andaban en algo malo”.

La Hna. Estrella Cornejo cuenta sus primeras impresiones al conocerla: “Yo conocí a María Augusta a través de su hermana Andrea. Andrea era una de mis compañeras de clase y una de mis mejores amigas en la Universidad. Yo recuerdo que poco a poco fue viniendo a los círculos para jóvenes que teníamos los domingos. Cuando la conocí me llamó la atención que parecía seria, pero después me di cuenta que más bien era un poco tímida. Era muy inteligente. Sabía estar en su lugar en cada momento. Me llamaba la atención que, antes incluso de tener una conversión más fuerte, su manera de vestir era muy modesta y sabía ganarse el respeto de los demás. Creo que eso era natural en ella”. Fue en un campamento de verano donde el Señor tocó el corazón de María Augusta. Su disposición dio un vuelco importante y tomó la decisión – ahora sí por propia convicción – de hacer su compromiso con el Hogar de la Madre de la Juventud. Gema Menéndez recuerda: “Entró en el Hogar en un campamento. Verdaderamente fue un punto muy importante en su vida para que empezara a querer más al Señor y a la Virgen. En ese campamento se abrió a Dios. Al final del campamento le dieron un premio por su buena disposición. Después de esto iba por casa de la hermanas, hacía oración y trataba de esforzarse en las virtudes. Era muy acogedora”.

La Hna. Estrella recuerda un ejemplo concreto de ese esfuerzo por crecer en las virtudes: “Muchas veces quedábamos para hacer rosarios. Un día, me estaba ayudando a cortar una cuerda que yo no podía sostener sola. No sé lo que pasó, pero se me desvió la tijera y la corté en la mano. ¡Me impresionó tanto su reacción! Lo que hizo fue quitar la mano y decir: No pasa nada. Dios ha derramado más sangre por mí. Yo en ese momento era candidata y fue un ejemplo para mí. Ella no tenía más de dieciséis años”.

La Hna. Ruth Ibáñez recuerda: “Aunque era más bien callada, siempre estaba sonriendo. Era muy servicial y dócil. Cuando organizamos las actividades para sacar dinero para asistir a la JMJ Madrid 2011, era una de las más fieles y responsables. Cuando daba el paso de comprometerse con algo, era fiel y responsable”. Y su amiga, Lisbeth Cedeño: “Algo que no olvidaré de María Augusta es esa sonrisa que siempre tenía. No recuerdo haberla visto enojada. Siempre estaba sonriendo”.

María Augusta durante una peregrinación

Era una buena estudiante, muy inteligente. Era además generosa con su tiempo a la hora de ayudar a sus amigos con los estudios. Gema Menéndez dice: “Como ella cursaba un año más que yo en el colegio, en algunas ocasiones le preguntaba cosas que no entendía, especialmente en las formulas químicas”. Erika Tuárez lo confirma: “Me ayudó mucho con los estudios, sobre todo con la Biología. Tenía mucha paciencia y, si era preciso, repetía diez veces su explicación, dibujaba en la pizarra, buscaba cualquier forma, pero nunca nos dejaba con dudas. Alguno de mis compañeros la llamaban la doctora”.

A medida que pasaban los años, el Señor fue haciéndola entender cuál era su voluntad para con ella. Fueron años de luchas, de temores… La Hna. Estrella convivió con María Augusta en una peregrinación que el grupo del Hogar de la Madre hizo al Santuario  de la Virgen de las Lajas, en Colombia: “Toda su ilusión era poder decirle a la Virgen que la ayudase a no tener miedo. Hubo un momento en que se me puso al lado y me decía: Es que Dios es tan grande, que yo no puedo…  La verdad es que tenía una lucha muy grande con respecto de su vocación, porque temía hacer sufrir a sus padres, especialmente a su padre. Era la pequeña de la casa, por no decir que era “la niña de los ojos” de su padre. Ella también lo quería mucho”.

Cuando el alma es dócil, al escuchar la voz de Dios comprende que no puede negarle nada a Dios. Pero al constatar su pobreza, su propia “insuficiencia”, al palpar todos sus miedos y temores… muchas veces el alma reacciona defendiéndose. Necesita entrar en ese diálogo con Dios que le permite escuchar la palabra que le libera de sus miedos: “No temas. Soy Yo”. Y necesita comprender que, a pesar de la turbación que experimenta, huir de esa llamada de Dios significa huir de su felicidad. María Augusta lo experimentó también.

La Hna. Estrella sigue recordando esos momentos claves en la vida de María Augusta: “Un día, estaba yo rezando vísperas en la Iglesia, y justo llegó ella. Al ver lo que estaba haciendo, se unió a mi oración. Estábamos rezando el Salmo 44. A ella le impresionaron mucho las palabras: «Escucha, hija, mira: Inclina el oído, prendado está el rey de tu belleza. Póstrate ante él, que él es tu Señor». Me preguntó: «¿Cuándo tú lees esto, en quién piensas?» Yo le dije: «En Jesús». Seguimos rezando, y al terminar me preguntó: «¿Se puede tener esa relación íntima con el Señor, como dice el Salmo?» Al decirle que esas palabras yo siempre me las repetía a mi misma cuando no quería escuchar al Señor, no me dejó terminar y se fue. Estaba luchando”.

Una de las candidatas que vivió con ella recuerda que “en sus luchas por responder a su vocación, algunas veces se enfadaba con las candidatas”. Pero, en una ocasión, las pidió disculpas explicándolas: “Es que las veo a ustedes y me enojo, porque aún no tengo la fuerza necesaria para hacer lo que Dios quiere de mí”.

María Augusta era muy amiga de Mayra, y cada una conocía las luchas que la otra tenía en cuanto a su vocación. Durante una Semana Santa, para ayudarse mutuamente, decidieron decir juntas el “sí” al Señor. Este sencillo gesto las ayudó mucho a las dos.

Quería estudiar Medicina y para eso se trasladó a Portoviejo. Eran varias jóvenes del Hogar de la Madre que tenían que hacer estudios universitarios en esa ciudad y decidieron unirse para cuidar de su fe. Comenzaron a vivir juntas formando una Residencia de Estudiantes del Hogar de la Madre. Gema Menéndez recuerda: “Cuando yo fui a vivir en la Resi, las chicas que vivían allí eran un ejemplo para mí. María  Augusta era una de ellas”.

Entrada de María Augusta como candidata

La entrada de María Augusta como candidata

Desde Portoviejo escribió a la Hna. Estrella una carta en la que, termina diciéndole: “Rece por mí hermanita, para que sea buena, deje mis miedos a un lado y deje de bobear”. Poco después, usando su misma expresión, “dejó de bobear” y entró como Candidata de las Siervas del Hogar de la Madre. María Augusta se dejó “mirar con amor” por Jesús, y en esa mirada encontró la fortaleza necesaria para vencer sus miedos. "Jesús, poniendo en él los ojos, le amó" (Mc 10, 21). Era el 20 de octubre de 2014, en la capilla de nuestra casa en Playa Prieta. La Hna. Kelly María recuerda: “Estaba contentísima, se le veía.  No era de muchas palabras, pero se notaba en cómo caminaba, cómo sonreía, su mirada”. Y Gema Menéndez, que fue testigo de esas luchas, comenta: “Le costó responder a su vocación, pero al final dio un Sí generoso a Dios. Su alegría el día que entró era inmensa”.

Poco antes había sido nombrada responsable de la Residencia de Estudiantes del Hogar de la Madre. Así se lo explica a la Hna. Estrella en una carta del año 2014: “Sigo estudiando en Portoviejo. Estoy en el 5º semestre. Sigo en la resi y, ¿a que no sabe? Este semestre estoy de responsable. Rece para que lo haga bien. Es una gran responsabilidad y esto me pone nerviosa, pero sé que me está ayudando a unirme más al Señor y a la Virgen.”. No hubo problemas: María Augusta fue un ejemplo para sus compañeras, a muchos niveles.

Era muy responsable con los estudios, como con todo lo que hacía, pero sabía que los estudios no era lo más importante. Gema Menéndez refiere: “Puedo decir que ella siempre estaba haciendo lo que tenía que hacer. A pesar de que su carrera era muy difícil, porque le ocupaba mucho tiempo de estudio, nunca puso en el primer lugar a su carrera, sino que trataba de todas las maneras posibles ir a misa, hacer la oración, ir a las reuniones del Hogar…” Las jóvenes que vivían en la Residencia de Estudiantes, compartían las labores domésticas. También ahí brilló el sentido de responsabilidad de María Augusta: “Tampoco se despreocupó de los cargos de la casa que como residentes teníamos. Cuando le tocaba cocinar (¡le gustaba cocinar!) lo hacía alegre y en algunas ocasiones cantando. Por cierto, le gustaba mantener todo limpio”.

Estaba siempre muy pendiente de las necesidades de los demás. Erika Tuárez la recuerda así: “María Augusta era como una madre. Aunque estuviese cansada siempre estaba pendiente de cada una, de todas sus necesidades por pequeñas que fuesen. Nos enseñaba mucho y nos explicaba el por qué de todo. Sus regañinas -que fueron pocas- eran educativas y siempre lo hacía conjugando dulzura y firmeza”. Las chicas que convivieron con ella recuerdan: “En los cumpleaños de las chicas de la Residencia de Estudiantes dedicaba todo el tiempo que fuera necesario para preparar la fiesta y que las chicas pasaran un día muy feliz”. Y Gema Menéndez completa este punto con un ejemplo concreto de la generosidad de María Augusta y su capacidad de descubrir las necesidades de los demás: “Cuando yo iba a entrar de candidata, se lo fui a contar para alegrarnos juntas. También porque me imaginaba que ella tenía vocación. En efecto, ese día ella se alegró mucho conmigo. Al momento me preguntó si tenía ropa para entrar. Yo le dije que aún no, entonces ella me dio una de sus blusas, que era como las que utilizaban las candidatas. Y me dijo que le avisara de cualquier cosa que necesitara”.

María Augusta en la Resi

María Augusta en la residencia de estudiantes

También sabía intervenir a tiempo para evitar situaciones de tensión. La Hna. Ruth Ibáñez explica: “Cuando había alguna situación tensa - porque no todo el mundo hacía lo que tenía que hacer y se escaqueaba o lo hacía a medio gas - ella siempre respondía haciendo las cosas bien, con una sonrisa e incluso se ofrecía para hacer lo de otras”.  A Carolina Aveiga también le llamaba la atención la sonrisa de María Augusta: “Con su sonrisa parecía arreglarlo todo”. Y la Hna. Estrella: “Cuando por alguna razón alguien se enfadaba, ella rápidamente cantaba una canción que hacía que nos riéramos”. Una compañera de la Universidad comenta que incluso en ese ambiente universitario, la presencia de María Augusta irradiaba armonía: “En medio de una discusión ella, con su mirada tierna, podía frenar el problema”.

Tenía una preciosa relación con Jesús. Erika Tuárez comenta: “María Augusta era verdaderamente una enamorada de Jesús. Con frecuencia le llamaba Jesusito, con mucha ternura”. Para todos era llamativo cuánto quería a la Virgen, a nuestra Madre. Cuando algo le costaba, bastaba preguntarla: ¿Y no lo harías por la Virgen?” A lo que ella, indefectiblemente, respondía: “Sí, por la Virgen hago lo que sea”. Le gustaba mucho cantar la canción “Tomad Virgen pura”. Muchas veces pedía que se cantara esa canción y explicaba el por qué, decía: “Así estamos con la Virgen”. Gema Menéndez recuerda: “Cuando viví con ella en la Residencia de estudiantes, su amor a la Virgen también se hacía patente. Le gustaba mucho el lugar mariano del Cajas porque se sentía más cerca de nuestra Madre. Me decía que le encantaba la canción Tomad Virgen Pura porque se le dice a la Virgen que quieres estar con ella y con los ángeles. Le encantaba sobre todo cuando dice la canción: Mil querubes bellos orlan tu dosel, quiero estar con ellos, Madre llévame. Su corazón, a pesar de las luchas, era de Dios y de la Virgen”.

María Augusta tenía mucho celo apostólico, aunque al tiempo - por su timidez- tenía que vencerse mucho para atreverse a hablar de Dios a otros jóvenes. Pero lo hacía por amor al Señor y a las almas. La Hna. Estrella fue testigo del esfuerzo que hacía: “En una ocasión hicimos unas misiones en el centro de Chone. Íbamos de dos en dos y nos tocó juntas. A ella le daba mucha vergüenza hablar, pues como era tímida le costaba mucho hablar. Yo le dije que si no quería hablar que no lo hiciera, pero ella me dijo que si nos había tocado juntas era justo que lo hiciéramos las dos. Tuvimos que visitar muchas casas y se notaba que le costaba, pero al final había hecho un gran esfuerzo”.

Quería que sus compañeros de clase conocieran al Señor y les invitaba a las actividades del Hogar de la Madre o quedaba con ellos para hablar. Lisbeth Cedeño, que fue amiga de María Augusta desde la infancia, recuerda ese viaje de fin de curso, en que los compañeros  se burlaban de María Augusta porque ella no quería perder la Misa del domingo. María Augusta reaccionó con su dulzura habitual, pero también con firmeza. Al final, unos cuantos de esos compañeros terminaron en misa con ella.

En la Universidad continuó siendo un apóstol. Gema Menéndez apunta: “En algunas ocasiones también dio charlas a los estudiantes de la Universidad Técnica de Manabí, a los que invitábamos como apostolado para que conocieran a Dios, y sus palabras siempre eran atrayentes porque vivía lo que estaba diciendo”. Una compañera de la Universidad describe el impacto que la forma de comportarse de María Augusta causaba entre sus compañeros de clase: “Yo fui compañera de María Augusta en la universidad, de las mas cercanas... Tal vez a ella no le era fácil decir palabras a manera de catecismo, sin embargo su testimonio siempre ha sido claro ante nosotras. Ella lo demostró así, con su vida ante nosotros, incorruptible frente a nuestros pecados”.

María Augusta en el centro

María Augusta con su equipo en un campamento

Los campamentos son una actividad muy importante del Hogar de la Madre y en la que se hace mucho bien a los jóvenes que asisten a ellos. Propician la maduración humana y espiritual de los participantes y para muchos es ocasión de encuentro con Jesucristo. Pero necesitas de otros jóvenes, enamorados de Jesucristo, que sean “levadura” entre la masa de los acampados. Desde el primer campamento, las hermanas comprendieron que podían contar con María Augusta como un apóstol entregado e incondicional. La Hna. Ruth cuenta: “En el primer campamento, la pusimos como ayudante de una monitora. Nos sorprendió a todas porque, a pesar de que le costaba por su timidez, se entregó totalmente. Su misma monitora decía que si no hubiera sido por ella, no habría podido llevar el grupo adelante”. Gema Menéndez lo confirma: “María Augusta fue una chica muy entregada. Recuerdo los campamentos en los que ella era monitora. Ayudaba mucho a las chicas. Aunque había ciertas cosas que seguramente no le gustaban, como ensuciarse (lo sé porque la conocía), o enseñarle a las chicas que debían de comerse todo lo que les servían, ella lo hacía todo por amor a Dios y por amor a las almas”.

La Hna. Estrella recuerda el campamento de 2011: “Ella era la monitora de una de las unidades, y yo era submonitora. Teníamos a cuatro chicas que eran amigas entre ellas y se quejaban por todo. Uno de esos días, había una comida que no le gustaba a las chicas y no querían comérselo. Para no tirar la comida que las chicas se habían ya servido, ella se la puso en su plato y empezó a comérselo. Yo no salía de mi asombro porque sabía que justo esa comida a ella le costaba mucho... Al ver que además tenía el triple de comida quise ayudarla, pero fue imposible, no me dejó. Supongo que lo estaba ofreciendo todo. (…) En ese mismo campamento hubo otros muchos detalles que me dejaron impresionada. María Augusta se estaba volcando totalmente”.

María Augusta, camino de misiones junto a Laura

María Augusta durante un viaje misionero al Puyo

También en el Puyo, en la selva amazónica, brilló el celo por las almas de María Augusta. Lo recuerda la Hna: Gema: “Había que hacer largas caminatas a través de la selva, por senderos enfangados, y atravesando a pie, con el agua por la cintura, ríos caudalosos. María Augusta, a pesar de estar muy cansada por el esfuerzo físico, se entregó a tope. Cuando llegábamos a las aldeas, se olvidaba de su cansancio y se ponía a jugar con los niños. Lo hacía para ganarse su cariño y preparar así el ambiente para poder darles luego las catequesis”.

La Hna. Kelly María recuerda la última vez que vio a María Augusta: “Le di un abrazo y le dije que siempre mirara a Nuestra Madre, que Ella le enseñaría a ser fiel”.  Después de eso, María Augusta - como las demás candidatas - pasó sus últimos días trabajando generosamente: ayudando a las hermanas de la comunidad de Playa Prieta a limpiar el Colegio anegado por las inundaciones.

El terremoto del 16 de abril de 2016, derrumbó el edificio principal de nuestro Colegio “Unidad Educativa Sagrada Familia” atrapando bajo los escombros a las once hermanas y candidatas que estaban dentro. Un generoso y valiente equipo de voluntarios, compuesto por amigos, miembros laicos del Hogar de la Madre y exalumnos de las hermanas, trabajó sin descanso tratando de rescatarlas. Nunca se lo agradeceremos bastante. Una hora y media después del terrible sismo habían conseguido salvar la vida de cinco de ellas, pero faltaban seis. Lucharon hasta la extenuación tratando de localizarlas. Pero nuestra Madre del Cielo llegó antes que ellos para tomar a sus hijas consigo.

Cuando encontraron a María Augusta, descubrieron que con su cuerpo había tratado de proteger el cuerpo de Valeria. El último gesto de caridad de Cieli.

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