Miércoles, 22 Marzo 2017 21:00

Juntas nos hacemos bien

Chicas de la Resi en 2015

Julissa Macías (Ecuador):  Aunque no era una chica que se hiciera notar, era un ejemplo de abandono a la voluntad de Dios.

Julissa Macías

Julissa Macías se está preparando para ser Sierva del Hogar de la Madre. Fue una buena amiga de Mª Augusta con la que convivió estrechamente durante tres años en la Residencia de estudiantes del Hogar de la Madre en Portoviejo. Nos cuenta detalles muy bonitos de Mª Augusta.

Soy Julissa Macías, candidata en las Siervas del Hogar de la Madre. Tengo veinte años, y compartí residencia con “Cieli”, como llamábamos a María Augusta. Cuando la conocí me dijeron que, los más cercanos, le decían Cieli, entonces yo le decía Cieli, pedacito de Cielo, por sus ojos brillantes. Ella me decía: “No me digas así que no me gusta, no me gusta que me digan Cieli”. El año pasado la empecé a decir María Augusta, ya que la escuché decir que no le gustaba que le dijeran Cieli, y me dijo: “Tú sí me puedes llamar Cieli, no me digas María Augusta porque si no pensaré que estás enojada conmigo”.

Yo compartí Residencia con ella casi tres años (la Residencia de estudiantes del Hogar de la Madre en Portoviejo). Era una chica a la que le gustaba andar muy bien vestida y perfumada, combinada en lo posible, a su cabello no le podía faltar crema… No era extremista en estas cosas, pero sí le gustaba andar bien. Sudar no iba con ella. Era una chica muy simpática y tierna, aunque también reservada y tímida.

Yo creo que era una chica a la que Dios le hablaba mucho, y ella no podía huir de esa voz. Recuerdo que un día, metiéndome con ella, le pregunté: “¿Y cuándo entras en las Siervas?” Ella me preguntó que por qué le decía eso, a lo que yo le respondí que su cara lo decía todo. Entonces, ella me dijo: “Es que tengo mucho miedo de fallarle al Señor, pero me estoy esforzando por hacer lo que Él me pide”.

De pronto el Señor le pidió ser jefa de la Residencia. Ese fue un paso muy difícil de dar, pues a ella no le gustaba que las residentes nos dirigiéramos a ella para preguntarle las cosas, y mucho menos tener que corregirnos. La verdad es que ese cargo fue su cruz. Si hubiese podido renunciar a él lo hubiera hecho, pero sabía muy bien que era Jesús quien se lo pedía.

Julissa y María Augusta

Con el Señor tenía una muy buena relación. Le decía “Jesusito”, porque le parecía muy tierno. A la Virgen también la quería, pero le era muy difícil relacionarse con ella. Le gustaba la canción “Tomad Virgen pura”, porque intentaba unirse cada vez más a Ella. Ella me dijo un día que quería tener una relación muy cercana con la Virgen, como la tenían un grupo de chicas que a ella le impresionaba. Recuerdo una noche que las dos ya habíamos ido a misa y, mientras esperábamos a las chicas, me propuso que rezáramos un rosario a la Virgen con canciones. Nos imaginábamos que a la Virgen le agradaría mucho. También nos reíamos al imaginar que la Virgen y Jesús se estarían riendo de lo mal que cantábamos. Ese rosario fue especial.

Cieli era muy servicial, aunque a veces estuviera corta de tiempo. Una vez le pedí que me enseñara a despresar un pollo y, aunque tenía poco tiempo, lo hizo. La verdad, desde ahí aprendí a hacerlo, gracias a la paciencia que tuvo conmigo.

A Cieli no le gustaba estar enojada con nadie y, cuando algo andaba mal, intentaba resolverlo. Hubo una vez que las dos estábamos pasando una situación muy incómoda, entonces me envió una nota que decía: “Hola pequeña traviesa. El demonio se está metiendo mucho entre nosotras. Sabe que juntas nos hacemos bien e intenta separarnos. Perdóname por mi falta de paciencia, no quiero que sea motivo por el cual te quieras ir de la Residencia. En serio, en esas cosas mejor ya ni las pienses. Ciao fea!! Me voy a Chone. Nos vemos el domingo o el lunes. Sería una alegría verte. ¡Espero hayas tenido un buen día! Cuídate, y cuida a las chicas. Atentamente. María Augusta”. En lo posible, siempre intentaba buscar una solución para los conflictos. Era una chica que sabía ganarse el cariño de las personas. Siempre estaba pendiente de que estuviéramos bien.

Otra cosa que recuerdo fue que, cuando entró de candidata, le costó mucho desprenderse de su ropa. A mi me regaló parte de su ropa y, cuando me la daba, me decía cosas como: “Cuídala mucho, que es mi blusa favorita”. O: “Toma este pantalón que me gusta mucho”. También tenía unos zapatos y una vincha que le encantaban, pero que los supo ofrecer al Señor con alegría.

Todo lo que hacía, era por amor a las almas y porque sabía que con esto hacía feliz a Jesús. Por ejemplo, ser monitora de campamentos, dirigir la reunión de las chicas, dar aliento a las chicas que lo necesitaban… Aunque no era una chica que se hiciera notar, era un ejemplo de abandono a la voluntad de Dios. Ella intentaba responder con prontitud a lo que Jesús le pedía.

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