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Jueves, 23 Junio 2016 17:21

Yo soy su ramita

Hna. Gema, S.H.M., España:

hGema"Creo que si llegué hasta el final, ida y vuelta, fue gracias a esta “rama” que incansablemente me ofreció su ayuda hasta que llegamos."

Hna. Gema S.H.M. conoció a Mayra cuando tenía catorce años. Aquí habla de una experiencia que vivieron juntos en misiones en Ecuador

Cuando yo la conocí, Mayra tenía catorce años. Siempre me dio la impresión de ser muy sincera y recta a la hora de tomar decisiones en su vida. Era una chica de una gran fuerza de voluntad, de tal manera que buscaba todas las vías posibles para conseguir aquello que ella entendía que tenía que hacer. No le importaba el esfuerzo que le supusiese.

Hace dos años coincidimos en el mismo viaje misionero al Puyo, a la selva ecuatoriana, para evangelizar a los indios Shuares. Providencialmente, coincidimos también en el mismo equipo, el que iba hasta Yampís, el poblado más alejado de la civilización y más adentrado en la selva de los que el P. Pedro Olives, sacerdote encargado de esta misión, ha alcanzado a visitar. Este poblado está a ocho horas de camino a través de la selva amazónica. Es un camino muy duro y en el que no te puedes detener mucho tiempo a descansar o a contemplar el paisaje. La selva es peligrosa y más aún si cae la noche. Por eso, teníamos que caminar casi continuamente.

Misiones en Yampis

Mayra durante misiones en el Puyo

En la expedición, el equipo estaba formado por ocho personas. Caminábamos de dos en dos para que, en ningún momento, nadie se quedara solo y rezagado en el camino, si bien, intentábamos ir todos juntos siempre. Yo tuve como compañera, en gran parte del camino, a Mayra. Por el camino fuimos hablando de un montón de cosas. Bueno, hablábamos cuando podíamos, porque había momentos en los que o hablabas o caminabas, y como caminar no se podía dejar de hacer, entonces no había más remedio que no hablar y caminar en silencio. Con todo, ese silencio se rompía una y otra vez por las risas y las bromas que nos ocasionaban nuestras propias caídas, tropiezos y desequilibrios, que eran casi constantes. Bromeábamos con estas dificultades para hacer más ameno el camino.

Llegó un punto, ya casi al final del camino, en que yo físicamente ya no podía más. Mis piernas casi no aguantaban ni mi propio peso y me resultaba dificilísimo mover los pies para dar cada paso. Este último tramo, avanzábamos a través de una laguna de lodo. Las botas se sumergían en el fango y había que hacer un gran esfuerzo para sacar el pie y continuar caminando. Cada paso suponía un gran esfuerzo. Nos ayudábamos de las ramas del camino para poder salir del atolladero. Mayra, muchas veces, conseguía avanzar como si tal cosa, mientras que yo me quedaba ahí atascada porque el lodo chupaba mi bota y no podía salir. Como ella ya sabía que me pasaba esto, estaba atenta siempre a prestarme su brazo para ayudarme a salir del agujero. Y decía con gracia: “Hermana, yo soy su ramita”. Y ya todo el camino nos quedamos con esa broma. Cuando yo necesitaba ayuda, decía: “Ramita, ramita”. Y ella venía, alargaba su brazo y decía: “Aquí está la ramita”. Creo que si llegué hasta el final, ida y vuelta, fue gracias a esta “rama” que incansablemente me ofreció su ayuda hasta que llegamos.

Por el camino, yo le preguntaba de vez en cuando si iba bien. Ella siempre respondía: “Sí, yo voy bien”. Ya casi llegando seguía diciendo: “Sí, voy bien…” Aunque esta vez añadió: “Solo parece que me aprieta un poco la bota en el dedo gordo”. Cuando finalmente llegamos, y pudimos quitarnos las botas, me enseñó su dedo y tenía la uña morada: “Me duele un poco”, dijo. A los pocos días, ya de regreso en su casa, la siguiente vez que nos vimos, me dijo: “Hermana, se me cayó la uña”. Pero estando en el campamento Shuar, disimuló su dolor hasta llegar a parecer que no era para tanto, porque jugaba con los niños al fútbol y se ofrecía para lo que hiciera falta continuamente.

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