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Pequeñaja

Compartimos una nueva historia de la infancia de la Hna. Clare, publicada en la revista infantil del Hogar de la Madre en el año 2005 y grabada por la Hna. Clare misma para Radio HM algún tiempo después.

Seguramente les hará sonreír al recordar viajes de sus propias infancias. Qué fácil es todavía, sin embargo, quejarse de tantas cosas… ¡La moraleja de la historia es válida para todas las edades!

¡Cuánto tenía que aguantar mi pobre madre cuando íbamos con ella de viaje! Como nosotras éramos pequeñas teníamos que sentarnos en el asiento de atrás mientras mi madre conducía. Era automático, en cuanto el motor comenzaba a sonar también se ponían en funcionamiento nuestros pequeños motores de quejas. 

Antes de subir al coche mi madre preguntaba: « ¿Alguien tiene que ir al baño?». Nadie tenía que ir, claro, hasta que comenzábamos el viaje.

La música de fondo de todo nuestro viaje era: « ¿Ya hemos llegado?». A ninguna de nosotras nos gustaba sentarnos en el asiento de en medio, entonces corríamos como locas para coger un asiento al lado de la ventanilla. A la que le tocaba sentarse en el medio, pasaba la primera media hora llorando y cuando veía que sus lágrimas no tenían ningún éxito inventaba cualquier excusa para que la dejáramos sentarse al lado de la ventana, por ejemplo: «Estoy muy, pero muy enferma, necesito sentarme allí para estar mejor», o,  «Madre mía, qué araña acabo de ver en la ventana y se ha caído allí a tu lado. Corre, corre, déjame allí porque yo no tengo miedo».

Dibujo

Cuando parábamos en una gasolinera para ir al baño teníamos que pasar por la tienda y allí empezaba el coro de: «Mamá, cómprame estos caramelos, cómprame este chupachups que pone la lengua amarilla, cómprame, cómprame, porfa, porfa...»

Durante el viaje hacíamos a mi madre un montón de preguntas raras mientras mirábamos por la ventana: «Mamá, ¿por qué esta vaca tiene dos manchas marrones en su espalda y la otra sólo tiene una?, ¿Por qué este hombre está solo en el coche? ¿Por qué la puerta de aquella casa está pintada de negro y la otra azul?»

Mi madre respondía a las primeras preguntas, pero a todas sus respuestas, nosotras decíamos: « ¿pero por qué, pero por qué, pero por qué?», hasta que mi madre, apretando con fuerza el volante decía: «Ahora vamos a jugar a un juego que yo aprendí cuando era pequeña. Es un juego muy difícil y sólo niños muy especiales pueden jugar...». 

«Nosotras podemos» dijimos con mucho entusiasmo. 

«Vale, pues es un juego sin palabras, ni sonidos. A ver quién puede aguantar más tiempo en silencio empezando... ahora». El juego no duraba mucho tiempo. «Oye, quita tu brazo de mi parte de asiento», «No, este es mi asiento…». Mis hermanas y yo discutíamos durante el viaje. A una de ellas le hizo ilusión imaginar que sus piernas eran una batería, entonces pasaba mucho tiempo golpeando sus piernas e inventando canciones que repetían lo mismo una y otra vez. Mi otra hermana y yo nos tapábamos los oídos y cantábamos nuestras propias canciones  hasta que mi madre decía que iba a parar el coche y tendríamos que bajarnos.

Yo siempre me comía las uñas y esto molestaba mucho a mis hermanas. Cada vez que lo iba a hacer una de ellas le decía a mi madre: «Mamá, Clare se está comiendo las uñas». Cuando decía eso, yo le daba un codazo, y ella a mí y después yo la empujaba y ella a mí y ya sabéis lo que sucedía... ¡eso es!

Una vez mi madre paró el coche y nos preguntó seriamente: «¿Estáis preparadas para ir andando? Porque he tenido bastante! No podéis estar sentadas juntas durante diez minutos sin discutir. La próxima vez que oiga una queja, una palabra ¡Vais andando!» Después ponía un cassette de un hombre que cantaba súper lento, y con el tono monótono de su voz, mis hermanas y yo nos dormíamos. 

Chicos y chicas, cuántos de nosotros podríamos decir que somos “quejadores” profesionales, ¿verdad? Nos quejamos de las cosas que no tenemos, que no nos gustan y nos olvidamos que siempre hay alguien que tiene que escuchar nuestras quejas egoístas. Y cuántas veces discutimos con nuestros hermanos. Tenemos que pedir al Señor para que nos ayude a ser instrumentos de paz. También debemos pedir a la Virgen María para que nos ayude a controlar nuestro genio para que podamos ser más como su Hijo.

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