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Pequeñaja

Compartimos esta historia que la Hna. Clare escribió para la revista de niños del Hogar de la Madre en el año 2004.  Son historias con una base de verdad, pero ella las escribía sobre todo para comunicar una enseñanza a los niños.

En esta, el final expresa todo su amor por la Virgen María, un amor que realmente descubriría muchos años después y que la llevaría a escribir esta historia con la esperanza de que los niños también pudiesen hacer actos de amor y generosidad a su Madre celestial.  En el audio podéis escuchar a la misma Hna. Clare contarla.

En mi escuela había una estatua muy grande de la Virgen y cuando yo era pequeñaja, durante el mes de mayo íbamos a la estatua cantando canciones a Nuestra Madre María. A veces había niños que cogían flores para ponerlas a los pies de la Virgen y después la profesora les daba una pegatina que tenía una cara feliz y que se iluminaba en la oscuridad. Los chicos y chicas que se habían comportado muy bien durante este mes también recibían una pegatina. Eran las pegatinas más bonitas del mundo.

Una de mis hermanas pequeñas y yo queríamos una de estas pegatinas fosforitas. Yo pensaba: puedo conseguir una de las pegatinas si... 1) pongo una flor bonita a los pies de la Virgen o 2) si me comporto bien durante el mes de mayo... Número uno me parecía muchísimo más fácil -«sólo tengo que coger una florecita y la pegatina es mía». Le conté a mi hermana Shauna la manera tan fácil de conseguir la pegatina. Ella estaba de acuerdo y las dos fuimos en búsqueda de una flor.

Mi casa está muy cerca del río y al lado hay un campo muy grande que se llama Campo de las Margaritas y normalmente tenía muchas, así es que fuimos en esta dirección. 

Mi hermana pequeña corrió más que yo y cuando llegó gritaba: 
-« ¡Clare, ven rápido, hay un hombre con su coche y tiene tijeras grandes, grandes, grandes y ha cortado toda la hierba y las flores!». 

Rápidamente fui corriendo a ver qué pasaba. Efectivamente, allí había un hombre con una segadora y había cortado toda la hierba y las margaritas. Fuimos corriendo hacia el hombre que justo en ese momento había terminado:
- «Oiga, señor -decía mi hermana- no corte más hierba porque ahora no podemos tener la mejor pegatina del mundo». 
El hombre, un poco confundido, miraba a mi hermana y después a mí y decía: « ¿Qué?».
Yo le expliqué la historia entera. 
- «Lo siento chavala, pero así es la vida». 

Pegatina

¿Qué vamos hacer ahora? Pensábamos que el único sitio que podía tener flores bonitas era el jardín de la vecina, pero claro, no podíamos cogerlas porque no teníamos permiso y de todas formas siempre estaba sentada a su puerta y nos podía ver.

Muy tristes, fuimos a casa. Pasábamos por la casa de la vecina y nos llamó: 
-« ¡Qué caras tenéis! ¿Qué ha pasado?» 
Contamos toda la historia sobre la pegatina y lo que nos pasó en el Campo de las Margaritas. 
- «Ah -decía- así es que la única razón por la que ibais a poner la flor al pie de la Virgen, era para conseguir la pegatina». 
-«Síí» respondimos. 
La señora negó con la cabeza: «Pobre María, pobre, pobre María». 
- « ¿Por qué?», preguntamos. 
- «Pues mirad, imaginaos que os invito a mi fiesta de cumpleaños, venís, me dais un regalito y enseguida vais corriendo hacia la mesa donde hay una tarta grande de chocolate y me dejáis allí. Yo estaría muy triste». 
- «Nosotras no haríamos eso» dije. «Te daríamos un trozo de la tarta también», decía mi hermana pequeña. 
- «Ya, pero eso es lo que estáis haciendo a la Virgen. Parece que le estáis dando la flor porque la queréis, pero en realidad se la estáis dando para conseguir una pegatina. Acordaos de la canción que habéis aprendido el otro día en la escuela: “Mayo es el mes de María”, pues, en este mes tenemos que hacer el esfuerzo para que Nuestra Señora esté feliz, dándole flores, cantándole canciones porque Ella siempre cuida de nosotros y nos mira desde el Cielo siempre y le encanta cuando nos comportamos bien en la escuela y en casa». 

Levantándose, cortó dos rosas rojas del rosal que tenía en el jardín y cuando nos las dio dijo: «Estas son para la Virgen».

Al día siguiente, cuando fuimos a la escuela, nuestras profesoras decían: « ¡Qué bonitas!» y me dieron la pegatina. Lo mismo pasó con mi hermana. 

Después del recreo fui donde estaba la estatua para dejar la rosa, y vi la rosa de mi hermana, y pegada en uno de los pétalos ¡estaba su pegatina! Mirándola, y aunque me costaba un montón, pegué también mi pegatina — la mejor del mundo—, en la rosa, sabiendo que Nuestra Madre me estaba mirando desde el Cielo y tenía una sonrisa más grande que el Campo de las Margaritas.

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