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Hna. Ruth Mª O'Callagan:  Nunca recuerdo a la Hna. Clare con mala cara, ni quejándose de nada ni de nadie. Si algo le costaba, hacía un gesto gracioso y se lanzaba a por lo que fuera.

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La Hna. Ruth María O’Callagan SHM nació en Dublín, Irlanda. Conoció a la Hna. Clare antes del primer viaje de esta a España y fue testigo de su conversión y toda su posterior transformación. Con su gran sentido del humor, la Hna. Ruth María nos cuenta divertidas anécdotas que recuerda de su convivencia con la Hna. Clare.

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La Hna. Clare en el encuentro de Semana Santa en 2000.

¿Qué puedo contar de la Hna. Clare? Cuando pienso en ella solo me vienen recuerdos de estar las dos tronchadas de la risa. No podíamos mirarnos sin poner alguna cara “tonta” y decir alguna cosa graciosa. Uno puede pensar que ahora tenemos que buscar las cosas bonitas que ha hecho. No hace falta buscarlas, saltan a la vista.

Recuerdo la primera vez que la vi. Yo era candidata. Fuimos a Irlanda un grupo de hermanas y subimos al norte. Estaban conmigo la Hna. Théresè Ryan (que también era candidata entonces), la Hna. Ruth Ibáñez y la Hna. Elena Braghin. Estábamos en una casa rezando el rosario con un grupo numeroso de gente cuando, de repente, con un golpe de la puerta, entró la Hna. Clare con sus amigas. Entraban riéndose y armando bastante jaleo, vestidas con su uniforme del instituto. Esa noche no hablé con ella, pero sí pude hacerlo al día siguiente, cuando fuimos a hablar a su instituto. Era muy expresiva y nos preguntaba muchas cosas.

La segunda vez que la vi fue en Semana Santa del año 2000, en Priego (España). Llegó con un grupo de gente de Irlanda del Norte. Aunque ella siempre que daba testimonio decía “que iba a su bola”, aun así era cercana, y podías hablar con ella. Estábamos en el mismo grupo y la Hna. Isabel Cuesta era nuestra responsable. Aunque en lo exterior parecía superficial, pensaba mucho y cuestionaba muchas cosas.

Ese verano, vino con nosotras a Roma para la Jornada Mundial de la Juventud del 2000. Era muy graciosa. La recuerdo con su chaqueta de cuero, de color vino. Con las chicas con las que venía solo hablaba de zapatos, de ropa y otras cosas superficiales. Pero aun así, en medio de todo esto, el Señor seguía llamando a su corazón. Muchas veces se ponía delante en el autobús, sentada con el Padre Rafael para hablar con él. Ella le cantaba y le preguntaba muchas cosas. Un día, cuando estábamos parados en una gasolinera, el Padre le preguntó: “¿Qué harías si yo tirara tu famoso mechero en forma de váter?” Ella, con cara de pasota, no dijo nada. El Padre lo lanzo por los aires, bien lejos. Nosotras, claro, soltamos una enorme carcajada, pero a ella se le transformó la cara y se fue bastante enfadada. Pero el enfado no le duro mucho. Al poco, allí estaba otra vez al lado del Padre preguntándole más cosas.

Cuando por fin llegó a España, ya para quedarse aquí, recuerdo que el Padre siempre le pedía hacer una representación de una mujer que está en casa y llega su marido borracho. Ella actuaba de tal forma que, aunque no había nadie haciendo de “marido”, parecía que este estaba allí. La Hna. Clare incluso ella lloraba y todo. Yo me metía totalmente en la escena. También imitaba a un niño que se llama Carlitos. Era un niño mocoso y bizco. Era tan desagradable ese niño que te daba hasta ternura.

Cuando era candidata, recuerdo que le costó mucho dejar de morderse las uñas. El Padre la recomendó ponerse unos guantes de lana para ayudarla. Ella, como era tan payasa, iba por toda la casa haciendo gestos como de un “mimo” con los guantes. También trabajé con ella en la imprenta, haciendo la revista. Como ella estaba aprendiendo los mandamientos y el catecismo, se inventaba canciones para poder recordarlos.

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La Hna. Clare en Guayaquil

Ya de hermana coincidí muy poco con ella. Cuando ella llegó a Guayaquil, yo estaba en Playa Prieta. Luego ella llegó a Playa Prieta, era para sustituirme. Pero nunca recuerdo a la Hna. Clare con mala cara, ni quejándose de nada ni de nadie. Si algo le costaba, hacía un gesto gracioso y se lanzaba a por lo que fuera. Uno puede pensar que, habiendo actriz antes, estaría acostumbrada “a actuar”. Pero a veces la he visto cansada, y aún así, nunca la visto negarse a hacer lo que le pedían. Alguna vez la he oído decir: “Pero bueno, ¿esto que es? Parezco una máquina de esas que se echa el dinero y se marca el numero que quieres”. Era genial. Es genial.

Tuve la alegría también de estar con ella en una misión en el Puyo, en las misiones en la selva, entre los indios Shuar. Una de las veces, coincidí en el equipo con la Hna. Clare y con Jazmina. Íbamos con un sacerdote polaco en nuestro equipo. Como allí no hay luz eléctrica, a las seis de la tarde ya es noche cerrada. Nos juntamos todo el equipo misionero en una choza, encendimos un fuego, preparamos la cena y estuvimos hablando. Ya era tarde, se había agotado toda la conversación y queríamos irnos a acostar, pero el sacerdote quería rezar un Rosario antes de irnos a dormir. La Hna. Clare me miró y me dijo con cara de asombro: “¿No se da cuenta de la hora que es y de lo cansados que estamos?” Mirando al sacerdote le preguntó que si iba en broma o en serio. Fue una carcajada total. Puede parecer que esta vez no fue muy virtuosa, pero lo cuento para demostrar lo natural que era, y para confirmar que siempre decía las cosas con mucho humor. De hecho, al final rezamos el Rosario. Al día siguiente, el sacerdote tuvo que ir caminado una hora y media por la selva para celebrar la Misa en otra comunidad. La hna. Clare le gritó mientras se iba: “Oiga Padre, no se olvide de rezar usted las cuatro partes del Rosario en el camino, ¿eh?” Y claro, otra vez nos dio la carcajada a todos.

Saliendo de la comunidad de indios Shuares, nos ocurrió otra anécdota graciosa. La Hna. Clare iba por delante y yo iba un poco detrás con Jazmina y Enrique (un alumno nuestro del colegio). De repente, no sabíamos por qué, pero la Hna. Clare se calló al suelo. Todo fue como a cámara lenta. Se calló en plancha, pero de lado. Y claro, no se podía levantar. Nosotras, con la risa que nos dio tampoco podíamos ayudarla a levantarse. Al final, Enrique salió en su defensa. Cada vez que la mirábamos toda llena de lodo no daba la risa. Cuando llegó el P. Pedro le preguntó: “Pero hermanita, ¿qué le pasó?” Y ella contestó: “Nada, es que me gusta jugar con el lodo”. Y claro, otra vez una carcajada. Todo nuestro viaje fue así.

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