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Hna. Michelle Araujo, Ecuador:

hna michelle araujoSalió de repente la Hna. Clare. Empezó a decirme: “¡Venga, Michelle! Camina que es solo un pasito. Venga que no pasa nada, es solo un paso. No mires atrás... Dale todo al Señor”.

La Hna. Michelle es de Guayquil (Ecuador) y entró en las Siervas en el año 2013. Actualmente está en el noviciado en Zurita (España).

Excursión al parque histórico - Guayaquil - Ecuador 2014.

La hna. Michelle (candidata) con las candidatas y hermanas en Guayaquil, 2014

La última semana de noviembre del 2012,  ya no recuerdo el día, estaba yo en la Biblioteca de la Universidad donde estudiaba arquitectura. Serían más o menos las nueve o las diez de la mañana. Una amiga y yo estábamos tratando de terminar una maqueta que teníamos que presentar y exponer en clase. Ya íbamos con retraso: hacía quince minutos que había empezado la clase. Mi profesora era muy exigente y como éramos solo ocho personas en clase se daba cuenta con facilidad si alguien llegaba tarde. Como es de suponer, estábamos nerviosas, porque no sabíamos qué nos iba a decir la Arquitecta por llegar tarde. Yo tenía mucha prisa por llegar al aula: esta asignatura a la que teníamos que llegar - Diseño Arquitectónico - es muy importante en la carrera.

Una vez que tuvimos el proyecto más o menos situado y terminado, salimos casi corriendo de la Biblioteca con un montón de cosas en las manos. Siempre es gracioso ver a los estudiantes de arquitectura caminando por la plazoleta de la Universidad. Se les puede reconocer al instante por las carpetas gigantes que llevan, las reglas y demás. Y, ese día, ese era nuestro caso.

Al salir de la Biblioteca hay una plazoleta, asientos y varias palmeras. Caminando de frente desde la Biblioteca se llega a la Facultad de Arquitectura que era nuestro destino. Frente a mi Facultad había una capillita, a la que había entrado solo una vez en el año y medio que llevaba estudiando allí. Mientras caminábamos casi a ritmo de trote en los Juegos Olímpicos, y tratando de no perder nada por el camino, vi unas personas vestidas de blanco que llevaban algo que les colgaba del cinturón. Era un rosario. Y dije a mi amiga: “Mira, son monjas”. Ella miró y me dijo: “Sí”. Y seguimos en nuestra maratón para llegar a clase. De pronto vimos a una de estas hermanas caminar hacía nosotras. Yo empecé a ponerme nerviosa, más de lo que ya estaba. Mi amiga me dijo: “Mira, viene hacia aquí, parece que quiere hablar con nosotras”. Y yo le dije: “Sí, pero sigue caminando, rápido. No podemos detenernos”. Y en mi interior pensé: “Y además, no quiero hablar con una monja”.

En ese tiempo precisamente, yo estaba alejándome de Dios. Escuchaba muchas cosas en mi ambiente que me hacía cuestionarme si eso de la fe tenía realmente sentido. Tenía tantas preguntas, pero nadie podía responderme. O encontraba que todas las respuestas eran clichés, incoherentes con la vida de la gente que me respondía.

En fin, la hermana vio que empezamos a caminar más rápido en dirección contraria a ella, así que ella también aceleró el ritmo de sus pasos. Mi amiga sentía curiosidad, porque parecía que esa hermana quería decirnos algo. Y yo le decía a mi amiga: “Camina más rápido que no llegamos”.

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De repente me di cuenta de que la hermana estaba detrás de la palmera que teníamos que pasar para llegar a la Facultad. Le dije a mi amiga: “Oye, hay una monja detrás de la palmera”. Y mi amiga comenzó a reírse. Visto desde fuera tenía que ser gracioso vernos huir de la hermana. Al instante, la hermana salió de detrás de la palmera y nos dijo, riéndose: “¿Estáis huyendo de una monja?” Claro, yo estaba muerta de vergüenza porque nos había descubierto. Y respondimos muy honestamente: “No, no. Para nada”.

Intenté explicarle que teníamos mucha prisa y que, lamentablemente, no podríamos quedarnos a hablar. Pero mi amiga se reía y se notaba que quería hablar con la hermana. La hermana, obviamente era la Hna. Clare, no dejó que siguiera dando mi patética explicación, y me preguntó: “¿Quieres aprender a ser una mujer de verdad?”  Yo no sabía qué cara poner: una monja me estaba preguntando si quería aprender a ser una mujer de verdad. Me pregunte a mí misma: “¿Y quién me va a enseñar? ¿Tú?” Yo no tenía ni idea de la vida religiosa. Solo pensaba que las monjas rezaban el rosario a todas horas. Era surrealista pensar que una hermana pensara que ella podía enseñarnos a ser mujeres de verdad. Después nos invitó a unas reuniones de formación que tenían los miércoles a las 3:30 PM, nada más y nada menos que en un aula de mi Facultad.

Recuerdo que lo que más me impresionó al conocer a la Hna. Clare fue su mirada: era tan limpia… Hacía mucho tiempo que no veía a alguien con una mirada así. Además, ella parecía saber lo que yo estaba pensando porque, por “cortesía”, y por terminar de hablar con ella rápido e irme, le dijimos que sí, que claro que íbamos a ir a la reunión. Ante esa respuesta, ella respondió: “Pero no seáis como el resto de las jóvenes, que nos dicen: ‘Sí, claro que voy hermana, seguro’, y no vienen. Tienen miedo de acercarse al Señor porque son unos cobardes”.

La otra cosa que me impresionó muchísimo fue su alegría. Es que parecía que lo único que sabía hacer era reír, bromear y sonreír. Para mí eso era un enigma, porque ¡era una monja! ¡Y estaba alegre! Monja, ¡y estaba alegre! En ese momento, para mí el chiste se explicaba solo. Para resumir, por la “pesada insistencia de mi amiga”, y por mi orgullo que se vio afectado cuando la hermana dijo que los jóvenes éramos unos cobardes, me animé a ir a una reunión. Y cuando llegué allí, vi que la Hna. Clare seguía igual: riéndose. No era solo una pose para atraer jóvenes, ella era así. Recuerdo que nos dijo: “¡Mira! ¡Las primeras valientes de la Universidad! Y se reía. Al ir tratando más con ella, a medida que pasaban las reuniones, me impresionaba más y más su alegría, porque tú podías notar que era feliz porque estaba siguiendo y sirviendo al Señor.

Alegría en la pobreza.

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Durante una excursión en diciembre del 2012

Durante el año 2013, entre enero y abril, yo iba a visitar a las hermanas a su casa con bastante regularidad. Ya intuía que yo tenía vocación con las Siervas. En una ocasión en que fui a visitar a las hermanas, tenía que hablar con mi guía espiritual. La estaba esperando en el comedor y la Hna. Clare estaba conmigo, mientras la hermana que era mi guía llegaba a casa. Estábamos hablando de muchas cosas y, en un momento dado, se me ocurrió preguntarle algo del hábito que llevaba. Ella tenía puesto el hábito blanco. No recuerdo bien cuál fue mi pregunta, pero su cara y su respuesta fueron algo que no se puede olvidar fácilmente.

Supongo que la pregunta fue algo así como qué pasaba si tenía que salir y se le ensuciaba la túnica o el escapulario. O si tenía otro hábito. Yo estaba sentada en una silla y ella estaba de pie. Me dijo: “Mira”. Y ella misma se miró desde los pies y fue subiendo hasta la cabeza. Extendió los brazos y prosiguió: “¿Ves? De lo que llevo puesto, nada es mío, nada. Yo soy pobre. No poseo ni siquiera el hábito que llevo puesto, todo es de la comunidad. Y es así con cada hermana: no tenemos nada”. Sonrió, me miró y me dijo: “¿Y sabes una cosa? Soy libre. Y tengo más alegría que si poseyese un montón de cosas en el mundo”.

¡Venga!, que solo es un pasito.

El día 27 de mayo del 2014, yo estaba en el Aeropuerto José Joaquín de Olmedo de la ciudad de Guayaquil. Ya era candidata de las Siervas del Hogar de la Madre y me disponía a dejar mi país para viajar a España y continuar mi formación religiosa. Era un momento un poco difícil. Mi familia aún no comprendía que yo tenía vocación y que tenía que irme del país. Estaban sufriendo por eso. Y aunque tenía la certeza de que era lo que Dios quería, no dejaba de ser duro dar ese paso.
En el aeropuerto estaban mis padres, mis hermanos, algunas chicas y laicos del Hogar, y la comunidad de Siervas del Hogar de la Madre de Guayaquil. En ese momento la Hna. Clare pertenecía a esa comunidad.

Como digo, era un momento de muchas emociones. Otras tres candidatas viajaban conmigo. Empezamos a despedirnos de nuestras familias y amigos. Yo estaba tranquila, lo llevaba bastante bien. Me reía con las chicas del Hogar e incluso me despedí de mis padres sin perder la calma. Me costaba pero trataba de que no se notara para que mis padres estuvieran tranquilos. Llegó el momento de entrar en migración, que es cuando ya tienes que entrar dentro y dejar fuera a los que no viajan contigo.

Mientras yo me despedía de todos, con tanto jaleo como había en el aeropuerto, mi hermano sostenía mi chaqueta. Cuando una hermana me avisó de que era hora de entrar, que se estaba haciendo tarde, me olvide por completo de la chaqueta y me fui rápidamente a migración. A punto de atravesar esa puerta, mi hermano se acercó corriendo detrás de mí para darme la chaqueta, me abrazó y rompió a llorar.

Entrada al noviciado de las siervas del Hogar de la Madre 2015.

La Hna. Michelle con su familia en la entrada del noviciado.

Fue como si, en un momento, toda la fuerza que tienes se te va… Y te das cuenta de lo poco que puedes aguantar sin la gracia de Dios. Cuando vi llorar a mi hermano, se me revolvieron todos los sentimientos, empecé a mirarme más a mí que al Señor, y empecé a llorar también yo. Era una situación vergonzosa.

De pronto, solo recuerdo que miré hacia atrás y vi a mis padres. Mi madre estaba llorando. Realmente, no era un panorama que animara a seguir adelante, sino a echar a correr y consolarlos. Vi a todas las chicas, incluso a mi mejor amiga, llorando. Ella lo entendía, pero le costaba también. Y fui llenándome de temor... Miré también a las hermanas. Me dio la impresión de que su cara era de preocupación: no sabían si me iba a arrepentir de la decisión que había tomado. Recuerdo que había muchísima gente en el aeropuerto. Y detrás de todo ese mar de gente, salió de repente la Hna. Clare. En ese momento fue como cuando la conocí en la Universidad, cuando salió de detrás de una palmera. Ahora salía de detrás de un mar de gente. Era tan graciosa… Empezó a gesticular con los brazos y a decirme: “¡Venga, Michelle! Camina que es solo un pasito. Venga que no pasa nada, es solo un paso. No mires atrás, no mires atrás. Es por el Señor. Dale todo al Señor”.

Al ver a la Hna. Clare riendo, casi gritando, moviendo los brazos en el aire, reaccioné. Parecía que habían pasado horas, pero todo fue cuestión de segundos. Fue como despertar. Me di la vuelta y pude seguir caminando hacia migración, sin mirar atrás. Luego recordé que cuando ella nos contaba cómo fue su vocación, nos contaba cómo cuando tuvo que irse de Irlanda, a sus padres también les costaba su partida y ella decía: “Me fui llorando, pero sabía que no podía mirar atrás”.  Eso me ayudó mucho porque, aunque yo miré, tuve a alguien que me animó a seguir adelante.

 

 

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