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Hna. Caroline Guarno:  Con su carácter alegre y espontáneo, fomentaba un ambiente de confianza que me ayudó a empezar a pensar más en los demás que en mí misma.

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La Hna. Caroline Guarno conoció a la Hna. Clare cuando tenía trece años. Compartió con ella muchos momentos en las actividades del grupo de jóvenes del Hogar de la Madre en Jacksonville (EEUU). Fue testigo de su entrega y de su alegría. Pero nos habla también de su exigencia y de cómo las ponía-  ante los ojos de los jóvenes- la verdad. La Hna. Clare amaba sinceramente a los jóvenes, y porque los amaba de verdad, no buscaba “quedar bien con ellos”, sino el bien de sus almas. Lo incomprensible seguramente - para tantos que tienen tanto miedo de hablar claro a los jóvenes- es que la Hna. Clare estuviera siempre rodeada de jóvenes… No era simplemente que fuera graciosa… Viendo la vida de la Hna. Clare, resulta claro que nada es tan atractivo al corazón de un joven como “el esplendor de la verdad” (Juan Pablo II).

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Campamento en Florida en 2007

Yo conocí a la Hna. Clare cuando comencé a asistir a los campamentos y demás actividades del Hogar de la Madre. Era el año 2007, cuando yo tenía 13 años. Me acuerdo que cuando mi madre me avisaba que había alguna actividad con las Siervas del Hogar de la Madre, yo siempre me acordaba de la Hna. Clare. Sabía que iba a pasármelo bien con esas hermanas tan divertidas, que me enseñaban cómo vivir mi fe de verdad. Aunque yo no hablaba mucho, la Hna. Clare siempre me impresionó. La veía salir una y otra vez de sí misma buscando nuestro bien. Con su carácter alegre y espontáneo, fomentaba un ambiente de confianza que me ayudó a empezar a pensar más en los demás que en mí misma.

Para empezar, nos decía que teníamos que quitarnos las máscaras que tantas veces nos ponemos, y que no podíamos ser como las demás jóvenes en el mundo, sino que debíamos ser lo que Dios quisiera de nosotras. Nos corregía por ser superficiales y por estar más preocupadas por nuestra imagen que por nuestra alma. Una vez, la Hna. Clare le preguntó a una chica que si podía gastar una hora delante del espejo alisando su pelo, por qué no podía estar el mismo tiempo en la Capilla de Adoración, delante del Señor en una Hora Santa. 

Nos preguntaba si realmente nos dábamos cuenta lo que significaba la letra de las canciones que cantábamos. Por un lado, si se trataba de una canción mundana, nos explicaba y nos hacía entender que ese tipo de música nos hacía mucho daño. Lo entendí tan bien que, cuando regresé a casa después de ese campamento, borré unas mil canciones de mi iPod. Si era una canción que hablaba de entregar la vida a Dios, nos decía que la cantáramos conscientes de lo que decíamos, que lo dijéramos de verdad. Y que si no era así, era mejor no cantarla.

Viendo cómo se vestían algunas chicas de nuestro grupo, nos hablaba muy firme acerca del pudor y de los peligros para la castidad. Decía que, cuando nos miráramos en el espejo antes de salir de casa, nos  preguntáramos: “¿Cuántas almas van a ir al infierno por mi culpa hoy?” 

En una peregrinación que hicimos andando al Santuario de Nuestra Señora de la Leche en San Agustín (Florida, EEUU), pasamos por delante de algunas casas muy lujosas. Una de las chicas dijo algo así como: “Madre mía, ¡qué casas tan bonitas!” A lo que la hermana respondió: “Para mí, esas casas son lo mismo que una bolsa de basura”. 

Hacía el tonto para romper el hielo, inventaba canciones y juegos para que no nos durmiésemos en los viajes de muchas horas en la furgoneta… Sabía estar.

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Campamento en Georgia en 2009

Me animó ir a Irlanda de peregrinación con el Hogar en 2010. Ese viaje fue un primer paso de mi entrega total al Señor. A partir de esa peregrinación, empecé a tomar más en serio mi vida interior, gracias al compromiso que hice en el Hogar de la Madre de la Juventud.

En el verano de 2011, fue un instrumento importante en mi proceso de entrada en las Siervas como candidata. Como yo no hablaba aún español, ella hizo de traductora en la conversación que mantuve con el Padre Rafael y la Madre Ana para pedir la entrada a la comunidad. Yo estaba nerviosa, y ellos tres hacían el tonto hablando en inglés, español y hasta en francés para hacerme reír. Cuando empezamos a hablar en serio, y yo les pude contar cómo había entendido que Dios me llamaba a ser Sierva del Hogar de la Madre, la Hna. Clare se emocionó y empezó a llorar. Me acuerdo que la Madre la miró y la dijo: “¡Hna. Clare! ¡Pero bueno!” Yo no sabía por qué lloraba...

Una vez nos dio una reunión sobre la confianza en Dios. Usó un libro que se llama “Trustful Surrender to Divine Providence”, por el P. Jean Baptiste Saint-Jure. En la reunión, nos llamó la atención sobre la jaculatoria con la que solemos terminar las oraciones en el Hogar de la Madre: “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío”. Lo repetimos muchas veces al día. Nos dijo que si realmente confiáramos en Jesús, todo lo haríamos mucho mejor.

No tuve trato con la Hna. Clare siendo ya yo hermana (ella estaba ya en Ecuador), pero sé que me está ayudando a vivir como la Sierva que el Señor y Nuestra Madre esperan de mí. 

Doy gracias a Dios por habernos dado una hermana que vivió lo que el Señor le pedía con un corazón generoso.

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La Hna. Clare en Irlanda en 2010

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