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Esmeralda Labrador Mancebo, España:

esmeralda"Ahora veo que fue el Señor quien la puso en mi camino para llevarme a Él."

Esmeralda Labrador Mancebo conoció a la Hna. Clare durante su estancia en el Colegio que dirigen las Siervas en Belmonte, España.

Los que me conocen saben que yo viví durante ocho años en el Colegio que las Siervas del Hogar de la Madre dirigen en Belmonte (Cuenca, España). A pesar de los incansables esfuerzos de las hermanas por llevarme a Dios, yo nunca creí en Él. Es decir, claro que yo creía que había un Dios, pero como nunca lo había sentido no acababa de asimilarlo. Recuerdo que la primera gran experiencia que tuve de Él fue en mi confirmación a los doce años. Eso fue lo que me ayudó a vivir bien esa ceremonia. Pero después volví a lo de siempre. Dios seguía sin ser nada para mí.

Cuando cumplí trece años, transcurrió el peor curso de mi vida por distintas razones. Al acabar y volver a mi casa para pasar el verano, yo ya había empezado el descenso que más tarde me conduciría a los comienzos de una depresión. Aquel verano fue espantoso, principalmente porque había una persona que me hundió bastante la moral y la autoestima. Acabé tan echa polvo que, cada vez que quería decir dos frases seguidas, tenía que parar para no echarme a llorar. Y lo peor de todo es que esto es real y me pasó directamente.

Cuando comencé, un año más, aquel curso 2011-2012, no me podía imaginar el cambio radical que daría mi vida. Meses más tarde, la misma Hna. Clare me confesó que - cuando me vio entrar por la puerta - pensó que yo era peligrosa. Imaginad con qué cara entré.

Pasé el primer mes en un estado deprimente, sin relación con nadie, hasta que llegó el “Día del Rosario Internacional”. Ese día las hermanas formaron grupos para rezar el Rosario a la Virgen en distintos idiomas y, cómo no, a mi me tocó rezarlo en irlandés con la Hna. Clare y otra chica. No sé en qué momento sucedió, pero de pronto me encontré riendo como nunca con ella, después de meses de completo silencio. Y a través de ella, en ese momento, sentí que la Virgen María, nuestra Madre, me daba su amor de una forma tan potente que me quedé traspuesta. Quien no ha experimentado nunca ese amor no puede hacerse una idea de lo profundo que llega.

A partir de ese momento me convertí. Quería ser buena, agradable a los ojos de Dios. La Hna. Clare me guiaba en ello. Ella sentía un amor especial por mí y, por primera vez en mi vida, yo sentí que alguien me amaba porque sí, sin pedir nada a cambio. Sé que las hermanas nos quieren y nos dan lo mejor, pero con ella lo sentí de un modo especial. Ella me quería de un modo distinto, me hacía ver que yo era importante para ella.

Nunca he vivido una despedida tan dura como la suya. El día en que nos separamos para siempre me abrazó fuerte. Es el día de hoy y recordarlo me da ganas de llorar. Yo sabía que aquella era la última vez que nos veríamos, y de hecho se lo dije. Se lo tomó a broma, pero yo tenía razón.

Cuando cumplí quince cumpleaños me mandó una carta. Aseguro sin exagerar que es el regalo más valioso que me han hecho en la vida.

Ahora veo que fue el Señor quien la puso en mi camino para llevarme a Él y a través de ella experimentar el amor de Nuestra Madre y de Jesús. También para que yo pudiera experimentar el amor de una persona que no me debía nada y que me lo dio todo iluminando mi vida para siempre. Ella seguirá viva en mi corazón el resto de mi vida, y junto a ella la certeza de que Dios existe y me ama. Y aunque hayan pasado años desde la última vez que la vi, su recuerdo sigue muy vivo en mi interior.

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