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Hna. Ana Mª Lapeña SHM, España:

hna ana lapena Todo el mundo recuerda la alegría de la Hna. Clare, su don de gentes, su gracia, su imaginación. Pero aparte de esto, tenía una serie de virtudes que llamaban menos la atención a primera vista, pero que cuando uno vivía con ella quedaba edificado.

La Hna. Ana Mª Lapeña SHM fue superiora de la Hna. Clare durante el curso 2011/12, en nuestra casa de Belmonte (Cuenca), donde dirigimos una residencia para niñas y jóvenes que sufren situaciones de pobreza o dificultad en sus familias. Desde su puesto de responsable de la comunidad, la Hna. Ana Mª describe las grandes virtudes que definieron la vida de la Hna. Clare: su obediencia, su espíritu de servicio y sacrificio, su caridad, su amor por las almas... Y define acertadísimamente la “espiritualidad” de la Hna. Clare: “Darlo todo con un gran sentido del humor”. Sin lugar a dudas, nos encontramos ante una de las mejores descripciones de la Hna. Clare que se han publicado en esta página.

Belmonte - Abril - En bus 2

La hna. Clare con chicas en el año 2012

Tuve la bendición de vivir con la Hna. Clare durante un año. Fuimos destinadas ambas a la comunidad de Belmonte (Cuenca, España), el curso 2011/12. Yo era su superiora.

El recuerdo que tengo de ella es que era una hermana con la que daba gusto estar. Yo era más joven que ella, en edad y en años de vida religiosa. En un primer momento pensé que esto sería una dificultad para que ella me obedeciese, pero no fue así en absoluto. Todo el mundo recuerda la alegría de la Hna. Clare, su don de gentes, su gracia, su imaginación. Y todo esto ciertamente lo tenía como don natural que puso al servicio de Dios. Pero aparte de esto, tenía una serie de virtudes que llamaban menos la atención a primera vista, pero que cuando uno vivía con ella quedaba edificado. La obediencia es una de estas virtudes. Su respuesta era siempre la misma ante cualquier cosa que le pidiese: una sonrisa  y un “¡Pues claro!” Todavía no sé qué cosas le costaba hacer y qué cosas no, porque la reacción que vi en ella fue siempre la misma. Daba igual la cosa que le pidiese y en la circunstancia que se diese. Al final de ese año yo pensé: “Quiero aprender a obedecer así”. Vi en ella lo que profesamos: Obediencia pronta, alegre, universal y constante.

Estaba siempre observando qué necesitaban los demás. Yo recuerdo muchas ocasiones en las que yo estaba preocupada, pensando cómo solucionar algún problema que se había dado con las niñas que cuidábamos. De repente, la Hna. Clare se acercaba y me decía: “Hermana, ¿qué necesitas?” Yo le contaba mi preocupación y ella me decía: “¿Quieres que me invente algo para solucionarlo?” Se iba un rato y luego venía diciéndome lo que se le había ocurrido. Lo que me llamaba la atención de esto era su esfuerzo por observar y salir al paso. No se limitaba a cumplir con lo suyo. Observaba y salía al paso siempre. También en la vida comunitaria. Siempre hacía el esfuerzo de elevar la conversación y de hacer reír a las hermanas. Otra cosa que me llamó la atención de ella era su misericordia para con las hermanas.

Belmonte - Febrero - Visita a asilo 5

Durante una visita al asilo en Belmonte

Le importaba todo el mundo. Los niños la adoraban, pero ella no prestaba atención solo a los niños. Para ella todos eran igual: el macarra que estaba en la plaza del pueblo, un abuelillo que conocía por la calle, una profesora del instituto, un niño, el dueño de un bar… Buscaba la manera de acercarse a todos para intentar llevarles a Dios. Los quería de corazón a todos. No era insensible al sufrimientos de nadie. Y no quería hacer sufrir a nadie.

Era una persona muy sacrificada, muy olvidada de sí misma. Tenía migrañas con frecuencia. No era raro verla cantando con la guitarra, haciendo reír a las niñas, jugando… Y al rato estaba en el baño, vomitando a causa del dolor de cabeza que tenía. No dejaba de hacer lo que tenía que hacer, con alegría a pesar del dolor. Esto era una limitación a veces para ella. A veces tenía que irse y echarse algunas horas en la oscuridad por esta razón. Nunca la vi hacerse la víctima por eso ni darle ninguna importancia. Cuando se le pasaba un poco, volvía a ponerse manos a la tarea dándolo todo.

Le encantaba leer cosas escritas por el P. Segundo Llorente, jesuita misionero en Alaska. En ese curso leyó más de una vez su libro “40 años en el círculo Polar”. Le gustaba esa espiritualidad: Darlo todo con un gran sentido del humor.

Ese curso preparó a un grupo de niños para hacer la Primera Comunión. Conseguía transmitirles un gran amor a Jesús en el Sagrario y muchos deseos de recibirle.

Belmonte - Marzo - Lourdes 2 - Hermanas en la gruta

Durante el viaje a Lourdes

Ese curso la Hna. Clare tuvo una vivencia muy fuerte de Nuestra Madre, la Virgen. Hicimos una excursión a Lourdes con las niñas, y nos metimos en las piscinas. Para ella fue una experiencia muy fuerte del amor de la Virgen que le duró todo el resto del curso. En ese mismo viaje tuvo un gesto que me llamó la atención. Habíamos estado en el autobús un montón de horas. Ella había estado hablando con las niñas, cantando, animando... En ese viaje se inventó las historias de “Sor Clor” para hacer reír a las niñas. Casi al final del viaje, yo propuse a las chicas inventar una canción, pero muchas estaban mareadas y no la hicimos. Para mí esto no tuvo ninguna importancia y lo olvidé. Pero unos días después, ella me dijo: “Hermana, siento no haberte ayudado a inventar la canción, es que estaba muy mareada, pero tendría que haberte ayudado”. Yo ya ni me acordaba y, ciertamente, ¡no había hecho poco esfuerzo todo el viaje por animar y entretener! Pero todavía pensó que tenía que haber dado más. En este pequeño gesto, veo también la delicadeza de su obediencia. Es que no quería negarle absolutamente nada a Jesús.

Nunca veía nada imposible. Confiaba mucho en la bondad de la gente. Recuerdo que ese año tuvimos ordenaciones sacerdotales. El Monasterio de Priego, donde otras veces nos habíamos alojado, estaba ocupado. La M. Ana me dijo que no sabía cómo hacerlo, y me preguntó qué posibilidades de alojamiento económico había en Belmonte. Yo dije que iba a ver. Se lo conté a las hermanas, y yo decía: “Es un poco difícil la verdad”. Porque eran siervas, siervos y familias. Ella dijo: “No, hermana. Ya verás cómo nos van a ayudar”. Se fue a la calle y a las pocas horas volvió. Había conseguido que varias personas le ofreciesen su casa y sus casas rurales totalmente gratis. Aun así, quedaba mucho trabajo por hacer, mover mesas, sillas... Estábamos agotadas del curso, y ciertamente la situación nos desbordaba, pero ella no perdía nunca el tiempo en lamentaciones. Siempre lo veía todo posible. En medio de mucho trabajo no perdía nunca la serenidad y la alegría.

Muchas veces la vi mirando el dibujo que le hicieron las hermanas en sus votos perpetuos.

Siempre se la recuerda siendo el centro de atención cuando había grupos de niños o jóvenes. Y ciertamente, cuando ella intervenía captaba la atención de todos y animaba a todos. Pero no era algo que ella buscase. Yo observé que, cuando podía, ella se quedaba escondida. Hacía lo que hacía para salir al paso de una necesidad, no para ser el centro.

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