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Isabel y la Hna. Clare

Isabel Ibáñez:  Era una mujer fuerte, tenía la fuerza de la palabra, la sabiduría para callarte la boca, para quedar por encima y, sin embargo, no utilizaba eso. Yo fui una adolescente con esa chulería, esa capacidad de palabra, con las cosas claras, y yo veía que ella también tenía ese poder, pero que ella lo usaba diferente.

Isabel Ibáñez Valle es una joven maestra y catequista de 27 años de la diócesis de Santander (España). Conoció a la Hna. Clare por primera vez a los 7 años y coincidió con ella en varias actividades del Hogar de la Madre durante su infancia y juventud.

Isabel y la Hna. Clare en la JMJEn la JMJ de Madrid, providencialmente, nos tocó en el mismo grupo. Por supuesto que al principio conectamos humanamente, yo ya era una adolescente de 17 años; llevaba 10 años participando y formando parte del Hogar de la Madre, muchos me conocían por mi sentido del humor… me parecía un poco a ella en eso: las dos compartíamos ese humor sincero, de reírnos a carcajadas pero ser capaces de enmudecer y hablar en serio del Amor en segundos. Ella decía que me redescubrió en aquella JMJ y para mi empezó a ser un referente, quería entregarme como ella. No pensaba en una entrega religiosa, a la vida consagrada, ni a ninguna vocación específica, quería -y quiero- esa entrega al que tienes al lado. Ella sabía ponerse a tu lado, como cuando las maestras nos ponemos en cuclillas para poder mirar a los ojos de los niños, como hizo el Señor al llamarnos a todos: bajar, seducir y acompañar. Eso es lo que sentí en esos días, conocí a una amiga que se reía conmigo, que mientras traducía simultáneamente los testimonios era capaz de mirarme y controlar sus caras para no morir de risa con las mías, pero que, a la vez, cuando el testimonio se ponía profundo, sin esfuerzo, me miraba sin cambiar su cara grave. Yo era una adolescente muy chulita así que tampoco me gustaba encariñarme con la gente, iba de desapegada, pero recuerdo que tenía ese imán. Un imán que te atraía pero que no te pegaba, era un imán libre, ese imán que solo da Cristo. 

Hna. Clare ayudando a un niño

El año siguiente a la JMJ no la vi demasiado, en el encuentro de Semana Santa y poco más, hasta que llegó el momento de que se fuera a Ecuador. No recuerdo cuándo ni cómo me enteré, pero sí que sentí que se me rompía un poco el corazón. Era una hermana con la que no me sentía juzgada, me sentía cómoda hablando con ella, era mi amiga, y se iba. Ella se marchó en octubre y yo en febrero ya tenía el billete para Ecuador. Y ahora llega lo bueno. Yo aterricé en Ecuador a principios de agosto de 2013. Iba en un viaje misionero con más chicas españolas. Yo al aterrizar solo quería verla a ella. Siento ser tan sincera, pero uno de los motivos por los que crucé el charco es que estaba mi compañera de “santos vandalismos” en Ecuador. Pero estaba diferente, realmente lo estaba. El día que llegamos estaba en el colegio, dándose a unos niños, sin frases inteligentes de las que te dejaban pillado, con un amor tan grande. Tengo una foto de ella de rodillas ayudando a un niño sentado en un pupitre que hacía su tarea. No le gustaba que le secáramos fotos pero, gracias a Dios, hicimos algunas y hoy, para mí, son tesoros. Recuerdo aquel viaje duro, pero lleno de Gracia. Pero lo que más recuerdo, y lo recuerdo así desde antes de que la hermana Clare se echara a correr al Cielo sin aviso, fue la despedida. Esa mañana hicimos oración en una capilla que estaba cerca de la casa de las candidatas. Creo que la meditación la llevó la hermana Clare pero no estoy segurísima, lo que sí que estoy segura es de que cantó: Solo hay una cosa importante, sólo hay una cosa mejor…. Y fue ahí cuando empecé a darme cuenta de que era nuestra despedida. Aquella canción se me iba grabando a fuego a medida que la escuchaba, mientras el Señor me pedía bajito que guardara ese momento bajo llave. Al salir de la oración nos despedimos de las hermanas y yo tenía muy claro que no quería despedirme de ella… ¡No iba a llorar el último día! Pero el Señor sabe más, cruzamos miradas y no nos quedó más remedio que abrazarnos. Yo lo sabía, sabía que no íbamos a encontrarnos más. Al año siguiente, en 2014, yo dejé el Hogar de la Madre, y por eso los años siguientes pensé que el Señor me había avisado porque Él sabía que yo dejaría el Hogar. Pero el día del terremoto, cuando me lo dijo mi hermana, aquella despedida cobró su sentido pleno.

Hna. ClareA grandes rasgos, esos son mis recuerdos de ella. Como resumen y contestando un poco a lo que nos ocupa, yo conocí, viví y amé a la hermana Clare como a una madrina en la fe. Era una mujer fuerte, tenía la fuerza de la palabra, la sabiduría para callarte la boca, para quedar por encima y, sin embargo, no utilizaba eso. Yo fui una adolescente con esa chulería, esa capacidad de palabra, con las cosas claras, y yo veía que ella también tenía ese poder, pero que ella lo usaba diferente. La pasión, en el sentido amplio de la palabra, la entrega, que sentía y hacía patente al «hacer el payaso» es algo que siempre admiré y que he pedido muchas veces para mí: hacer reír como servicio, negándote a ti, buscando su sonrisa, su felicidad, su santidad.

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