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Lunes, 26 Marzo 2018 12:54

Nadie la había olvidado

clare hernandez

Clare Hernández (EEUU): Este muro se hizo pedazos cuando tuve que irme de aquel país tan hermoso. Era como si la Hna. Clare estuviera allí en todas partes.

«La vida había vuelto a la normalidad, pero nadie había olvidado a la Hna. Clare». Esa fue la experiencia de Clare Hernández cuando regresó en 2017 a Ecuador, en su segunda experiencia misionera en aquel país. Clare Hernández había conocido a la Hna. Clare en 2008, siendo tan solo una niña. En abril de 2016 tenía su billete comprado para hacer una experiencia misionera en Ecuador ese verano. La muerte de la hermana marcó de forma definitiva ese viaje.

Los primeros recuerdos que tengo de la Hna. Clare son de mi primer campamento, en el verano del 2008. Ella fue mi jefe de unidad. Todas las niñas de la unidad, de siete y ocho años, estábamos totalmente fascinadas por ella. Ella sabía exactamente cómo llegar a nosotras, cómo captar nuestra atención y cómo transformar nuestro amor inocente hacia Jesús y María en un amor más fuerte.

Creo que era su carisma y su voz fue lo que más me llamó la atención. La Hna. Clare tenía una voz que captaba la atención a todo el mundo: tanto cuando cantaba, como cuando hablaba. Ella cantaba muy bien y con todas sus fuerzas. Recuerdo que, el tiempo que estábamos en la capilla, ella tocaba la guitarra y cantaba. A veces lo hacía con sus ojos cerrados: era obvio que estaba absorta en oración, mientras daba gloria a Dios con su voz.

La Hna. Clare era también muy graciosa. Nunca olvidaré sus «programas de radio», sentada encima de una mesa en el comedor con otra hermana y sin ningún rastro de vergüenza. Nos hacía reír a todas con su acento irlandés y sus gestos graciosos. Me tenía convencida de que ella podía hablar en chino y de que en Irlanda solo existía el color verde. Cada vez que se lo pedía, me contaba la famosa anécdota del duende, que me resultaba enormemente graciosa. Todavía recuerdo algunas de las historias que nos contó durante las reuniones de formación y que me impresionaron mucho a pesar de ser tan pequeña. Nos hablaba mucho de las virtudes: de la generosidad, de la obediencia, de la caridad, la superación, etc.

El año siguiente volví al campamento, pero yo tenía un año más y era, por lo tanto, mucho más «sabia» en las cosas de este mundo. La Hna. Clare seguía siendo igual de genial, pero mis amigas y yo estábamos demasiado «tontas» como para mostrarle nuestra admiración. Nos pasábamos notas en misa; tirábamos a escondidas la comida que no nos gustaba; y siempre teníamos que ir el baño durante el tiempo de cargos. Recuerdo que una vez una hermana me llamó junto a otras dos amigas para ayudar en la cocina. Estábamos entretenidas terminando una manualidad y no teníamos ninguna intención de dejar lo que estábamos haciendo hasta que lo hubiéramos terminado. La hermana insistió una segunda y una tercera vez hasta que la Hna. Clare, que estaba en otra mesa y que había estado observando toda la situación, vino derecha hacía nosotras. Nunca olvidaré su cara de decepción y enfado. Yo siempre la había visto contenta, y me impresionó mucho verla así. Nos dijo: «Chicas, tenéis que decidir ahora mismo cómo vais a vivir lo que queda de este campamento». Recuerdo que añadió: «¿Vais a seguir disimulando y pasando de todo? ¿O vais a prestar atención, escuchar, obedecer, hacer amigas nuevas y aprender cosas nuevas? Me dais pena». Si estas palabras hubieron venido de otra persona, probablemente me habría dado igual, pero siendo la Hna. Clare fue un golpe duro.

Cuando yo llegué al instituto, la Hna. Clare fue destinada a otras comunidades fuera de EEUU y estuve mucho tiempo sin verla. En 2016, el verano antes de mi último año en el instituto, compré un billete para ir a Ecuador y pasar unas semanas en las misiones con el Hogar de la Madre. La Hna. Clare estaba en Playa Prieta por aquel entonces, enseñando en la escuela allí. Yo tenía muchas ganas de verla otra vez, pero también estaba un poco nerviosa porque me duraba todavía la impresión de esa última regañina del campamento. Pasó lo del 16 de abril. Recuerdo que me desperté aquel domingo por la mañana y encontré a mi familia reunida en torno al ordenador, en la sala de estar. Solo con mirar sus caras comprendí que algo malo había pasado. Cuando, un poco más tarde, recibimos la noticia de que habían encontrado el cuerpo de la Hna. Clare, todo parecía irreal. Habían pasado años desde que la había visto, pero tenía muy presente el recuerdo de su rostro joven y siempre alegre. No podía creer que ya no estaba.

Clare Hernández en Ecuador en 2016Aquel viaje fue una bendita locura para mí. Era mi último año en el instituto. Estaba en un momento de mi vida en el que tenía que decidir qué tipo de persona quería ser y cuánto me iba a tomar en serio mi fe. Siempre he tenido fe y quería seguir siendo creyente, pero tenía delante de mí un muro que me impedía tomar las cosas demasiado en serio. Este muro se hizo pedazos cuando tuve que irme de aquel país tan hermoso. Era como si la Hna. Clare estuviera allí en todas partes.

Cada vez que decía mi nombre, la gente exclamaba: «¡Como la Hna. Clare!». Cada una de las personas que la habían conocido, hablaban de ella constantemente. No solo los adultos, también los niños pequeños y los jóvenes de mi edad, siempre nos estaban contando historias sobre ella. Todas esas historias llenaban el hueco de los años que la hermana no vivó en los Estados Unidos. Las chicas de mi edad me contaban cuánto les había ayudado la Hna. Clare en sus vidas, sea con el tema de novios, padres o encontrando su vocación. Los niños pequeños hablaban de su sonrisa, su voz, y de que ella era su profesora preferida en el colegio. Aun cuando no entendía todas las palabras en español, comprendía lo que me estaban diciendo por la expresión de sus caras y el entusiasmo con el que hablaban de su «hermanita».

La visita a Playa Prieta fue una experiencia muy sobria. Ya no había nada. El colegio, la casa de las hermanas, todas esas cosas hacían que la gente de ese pueblo se sintiera orgullosa, ya no existían. Nos arrodillamos en la tierra donde antes estaba la casa de las hermanas, donde habían encontrado el cuerpo de la Hna. Clare. No había nada, solo trozos de madera, algunos clavos, mucha tierra y escombros. Pero la gente ya no lloraba. El pueblo ya había empezado a reconstruirlo todo, a empezar de nuevo. La construcción del nuevo colegio ya había empezado también. Fue asombroso ser testigo de esta maravillosa colaboración. Cada persona que había conocido a la Hna. Clare y a las otras hermanas, estaba dispuesto a dar de su tiempo y de su energía para ayudar reconstruir el colegio y el convento. Yo nunca había visto algo semejante. Supe que yo tenía que volver a Ecuador.

El verano siguiente estaba allí de nuevo y, en este breve espacio de tiempo entre los dos viajes, todos los escombros y toda la fealdad se había transformado en algo bello. El colegio y la capilla estaban terminados y todo parecía perfecto. La vida había vuelto a la normalidad, pero nadie había olvidado y nadie olvidará a la Hna. Clare. Todos seguían hablando de ella como si hubiera estado allí ayer.

Clare Hernández en Ecuador en 2017Los recuerdos de los niños pequeños me impresionaron mucho. Conocí a todos los estudiantes en segundo de bachillerato y me impresionaron su amabilidad y su alegría. Conocí a muchos de ellos y me contaron que tenían situaciones difíciles en casa, muchos venían de familias rotas y de una pobreza extrema. Pero todos los días llegaban al colegio con orgullo, con su uniforme y una sonrisa, preparados para aprender. Luego me enteré que los de segundo de bachillerato, la clase de Valeria, fueron al colegio justo después del terremoto para rescatar a las que estaban bajo los escombros. Justo después del terremoto pensaron en su colegio, en sus hermanitas. Y fueron corriendo a ayudar. Uno de los chicos más pequeños se metió por debajo del edificio caído para rescatar a una de las hermanas. Ese acto demuestra la importancia que el colegio tiene para ellos. Fue sobrecogedor descubrir su lealtad y su alegría. Y no es que tuvieran vidas fáciles precisamente.

O todo o nada. Reflexioné mucho en esta frase de la Hna. Clare en aquel viaje. Tenía sentido cuando estaba allí, era muy evidente. Aunque no estaba ya la Hna. Clare en persona, creo que aprendí más de ella y sobre ella que lo había aprendido estando ella delante de mí. Conocí a la Hna. Clare a través de los niños a los que ella enseñó, a través de las personas que ella «tocó» de una forma u otra durante su vida. Parecía que cada persona que encontraba allí había cambiado de alguna manera gracias a la Hna. Clare.

Me dijeron que la hermana cantaba con tanto entusiasmo que, antes de morir, su voz se había enronquecido. Solo después de su muerte la gente supo que sufría de migrañas con frecuencia, pero ellos solo recordaban su risa y su sonrisa.

Todo o nada. No solo eran palabras, era algo que ella vivía totalmente.

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