Martes, 26 Febrero 2019 21:00

El desmayo en la JMJ Madrid 2011

 Hna. Beatriz

Hna. Beatriz Liaño, SHM:  Tengo todavía su imagen en mi memoria, recostada en el asiento con los ojos cerrados, mientras el taxi emprendía la marcha. Cuando la volví a ver, al cabo de las horas, en la cena de esa noche, estaba de nuevo sirviendo a las chicas y regalando bromas y alegría.

La Hna. Beatriz Liaño fue la responsable de la peregrinación de chicas del Hogar de la Madre durante la JMJ Madrid 2011. La entrega de la Hna. Clare al servicio de las jóvenes culminó, en esos días, con un desmayo en medio de la calle, a la salida de la misa con Benedicto XVI en Cuatro Vientos. La Hna. Beatriz nos cuenta lo que sucedió.

Viví la Jornada Mundial de la Juventud Madrid 2011 muy cerca de la Hna. Clare. La verdad es que fueron dos semanas agotadoras. Éramos diez hermanas para atender a unas 140 chicas. Antes de que comenzara la JMJ, peregrinamos una semana por diversos puntos de la geografía española. Cuando Benedicto XVI llegó a Madrid, nos incorporamos a la agenda de la JMJ, con lo que eso supone de caminatas, aglomeraciones y colas, bajo el implacable sol del agosto madrileño, capaz de derretir el asfalto.

La Hna. Clare en la JMJ

Al cansancio normal de esos días, las hermanas acumulábamos el esfuerzo continuado de servir a esas jóvenes y ayudarlas a tener una experiencia de Dios que transformara sus vidas para siempre. La verdad es que el recuerdo más bonito que tengo de la JMJ es precisamente este: el ejemplo de entrega incondicional y abnegada del equipo de hermanas. Y estoy segura de que, si nuestra peregrinación dio tantos frutos de conversiones y de vocaciones, fue —en primer lugar— gracias a la oración de Benedicto XVI. Pero, junto a esto, por el sacrificio generoso de las hermanas. Y, entre las hermanas, brillaba con luz propia la Hna. Clare.

Recuerdo que, al terminar la misa de clausura de la Jornada el 21 de agosto de 2011, en el aeródromo de Cuatro Vientos, teníamos ante nosotras una gran dificultad: regresar a nuestro alojamiento en los alrededores de Atocha. Habíamos querido prever ese momento fletando unos autobuses que nos trasladaran rápidamente al centro de la ciudad, pero el Ayuntamiento había prohibido el tráfico alrededor de Cuatro Vientos para no colapsar Madrid. El único medio para salir de allí eran los pies o el Metro, pero el Metro estaba tan desbordado que no se podía ni bajar al andén. No podíamos hacer otra cosa sino avanzar al ritmo que podíamos por la interminable Avenida de las Águilas —cuatro kilómetros de Avenida— hasta llegar al Intercambiador de Aluche. Desde allí tenía que haber alguna forma de llegar a Atocha.

H Clare en la JMJ con un grupo

Caminando, caminando, llegó un momento en que empezamos a ver a lo lejos el Intercambiador de Aluche. Todavía quedaba un rato de caminar, pero al menos veíamos nuestro objetivo. De pronto una hermana llegó corriendo para avisarme: «La Hna. Clare se ha desmayado en medio de la calle. No puede respirar». Corrí hacia donde me indicaba la hermana. Al final de la columna de chicas y hermanas que me seguían, descubrí a la Hna. Clare. Estaba sentada en la acera, con la cabeza hundida entre las manos. Debía de tener una migraña de proporciones siderales. Estaba realmente agotada, pero no me había dicho ni una palabra de lo mal que estaba, y seguía sin pronunciar una queja. No la podía pedir dar ni un solo paso más. Pero, ¿cómo hacía yo para sacarla de allí y llevarla a descansar lo antes posible? Recuerdo rezar: «Señor, ayúdanos, por favor». Al momento, ante mis sorprendidos ojos apareció un taxi con su luz verde encendida anunciando que estaba disponible. O la prohibición de circular por esa zona había vencido, o acabábamos de llegar a la zona en la que sí podíamos circular. Fuera lo que fuera, aparecer ante nosotras un taxi libre en esa tarde de locura en Madrid, era un auténtico milagro. Estuve a punto de preguntar al conductor a qué coro angélico pertenecía…

Salté en medio de la carretera para pararlo y metí dentro a la Hna. Clare acompañada por otra hermana. Tengo todavía su imagen en mi memoria, recostada en el asiento con los ojos cerrados, mientras el taxi emprendía la marcha. Cuando la volví a ver, al cabo de las horas, en la cena de esa noche, estaba de nuevo sirviendo a las chicas y regalando bromas y alegría. Ninguna queja, ningún reproche, nada de hacerse la víctima.

Pero me siento obligada a añadir un comentario. La reacción de la Hna. Clare ese día no fue una situación puntual. Los que conocimos a la Hna. Clare sabemos que esta era su disposición habitual, la forma en la que normalmente reaccionaba y se entregaba: hasta caer por tierra a causa del agotamiento.

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