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Miércoles, 27 Noviembre 2019 21:00

La Hna. Clare y los enfermos

 Hna. Kelai

Hna. Kelai Reno:   La Hna. Clare no quería que los enfermos perdieran la Misa, así que íbamos nosotras a recogerles y a llevarles en sus sillas de ruedas.A veces llevamos enfermos con la cama entera a la capilla porque los celadores no les habían puesto en la silla de ruedas.

La Hna. Kelai Reno continúa desgranando recuerdos sobre la Hna. Clare y su servicio en el Hospital Militar de Valencia (España). Enternece el corazón imaginar a la Hna. Clare de habitación en habitación, olvidada de sí misma para llevar la verdadera alegría —¡¡la de saberse amado por Dios!!— a los enfermos. Y no puede uno evitar reírse cuando se imagina a la Hna. Clare arrastrando una cama por los pasillos del Hospital para que un enfermo no perdiera la Misa. ¡¡Tremenda!!

Pasé muchas horas con la Hna. Clare en el Hospital Militar de Valencia, visitando y llevando la comunión a los enfermos. Pasábamos toda la mañana, hasta la hora de la comida, en el hospital. La Hna. Clare era un alma apostólica. Quería llevar alegría a los demás y llevarles a Dios y a Nuestra Madre. Íbamos visitando las habitaciones de los enfermos, pero hablábamos también con los celadores, limpiadores, enfermeras… con la trabajadora social, con las personas que venían a visitar a sus familiares... Su carácter animaba a la gente a abrirse y sentirse cómodos con nosotras, especialmente aquellos jóvenes — celadores, enfermeras, limpiadoras...— a los que no se les hubiera ocurrido jamás hablar con las monjas. 

Para alegrar la vida de los enfermos fue aprendiendo, ella sola, canciones en la guitarra. En ratitos que sacaba, cinco minutos por aquí, quince minutos por allá… Trataba de aprender canciones que los enfermos supieran para que ellos pudieran cantar. Iba por los pasillos para avisar a los enfermos de que íbamos al salón a cantar y les decía: «¿Por qué no vienen un “poquet”?» Lo decía en valenciano, porque ella hacía el esfuerzo de aprender algunas palabras en valenciano y usarlas con la gente para crear más cercanía con ellos y hacerles reír. 

En el hospital había una capilla muy bonita, pero estaba siempre cerrada. Llevaba así bastante tiempo. Era una tarea casi imposible abrirla. Pero la Hna. Clare insistió y, al final, conseguimos que se abriera un día a la semana para tener la Eucaristía. Aun así, con frecuencia, cuando llegaba la hora de la Misa, los celadores no llevaban a la capilla a los enfermos que no podían ir por sí solos. Ella no quería que perdieran la Misa, así que íbamos nosotras a recogerles y a llevarles en sus sillas de ruedas. A veces incluso llevamos enfermos con la cama entera a la capilla porque los celadores no les habían puesto en la silla de ruedas. La Hna. Clare les animaba a ir a la Misa y también a confesarse. Algunos enfermos volvieron a confesarse después de muchos, muchos años, y empezaron a recibir el Señor diariamente.

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