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Viernes, 18 Agosto 2017 16:42

Un cheque en blanco para Dios

La comunidad de Valencia

Hna. Isabel Cuesta, SHM (España): Su respuesta clásica era: «¡Pues claro! ¡Por supuesto!».

La Hna. Isabel Cuesta volvió a coincidir con la Hna. Clare en Torrent (Valencia, España). La Hna. Clare acababa de hacer sus votos perpetuos y, consciente de haberse dado por entero al Señor, vivía cada jornada en disposición de ofrecerle al Señor un «cheque en blanco». En esta comunidad, la Hna. Clare tenía encomendada la capellanía del Hospital de enfermos crónicos de Mislata. La Hna. Isabel nos cuenta algunas anécdotas del trato de la Hna. Clare con algunos pacientes: con Paco, enfermo de sida terminal, y con Rafael, esquizofrénico.

Volví a coincidir en la misma comunidad con la Hna. Clare en Torrent (Valencia, España) en el año de la fundación de esa comunidad, el curso del 2010-2011.

Llegamos a Torrent en octubre de 2010. La Hna. Clare acababa de hacer sus votos perpetuos el 8 de septiembre anterior. Se había dado totalmente al Señor y su manera de vivirlo era hacerlo todo con toda su alma. Y, aunque no era particularmente habilidosa para las cosas manuales, ponía igualmente todo su empeño, tanto en las labores manuales como en el apostolado. La obediencia era para ella la manera práctica de darse por entero al Señor.

De ese año, recuerdo dos expresiones suyas que pueden ayudar a conocer sus disposiciones interiores:

val11. Ella decía que cada día le ofrecía al Señor un cheque en blanco para que Él le pidiera lo que fuera. Y, como no quería desviarse de la voluntad de Dios, le pedía cada día al Señor que le rompiese sus planes. Así que, cuando esto sucedía, ella reaccionaba inmediatamente superando su contrariedad.

2. Varias veces le pregunté si estaría dispuesta a que le pidieran hacer esto o aquello (cosas que habrían supuesto un gran sacrificio). Su respuesta clásica era: «¡Pues claro! ¡Por supuesto!».

Había entendido perfectamente que pertenecía al Señor y lo vivía todo con gran generosidad y entusiasmo. Y no es que le naciera siempre hacerlo así gracias a su carácter alegre y expansivo. La prueba está en que muy frecuentemente sufría de migrañas, pero esto no variaba su carácter ni hacía disminuir su actividad: seguía haciendo lo que tenía encomendado. De hecho, muy poca gente sabía que la Hna. Clare sufría de migrañas.

Quiero dejar también constancia de su caridad y delicadeza de trato. Por su sentido del humor y por la educación que recibió, le hubiera sido fácil tomarse a broma algunas características de las personas que encontraba. Es cierto que tenía la risa fácil, pero sabía hacer volver la broma hacia sí misma y reírse de sí misma. Recuerdo una circunstancia en que una persona hizo una pregunta que nos hizo reír muchísimo por su falta de lógica. Cuando pudimos dejar de reír, nos dimos cuenta de que la persona que había hecho la pregunta se había sentido mal. La Hna. Clare concluyó la cuestión diciendo: «Yo creía que ese tipo de preguntas las hacía solo yo».

En Torrent, la Hna. Clare tenía encomendada la capellanía del Hospital de enfermos crónicos de Mislata. Se entregó a este apostolado con todo su entusiasmo, como todo lo que hacía. Tenía mucho amor a Dios y mucho celo por las almas. Como además era de una simpatía arrolladora, se le abrían todas las puertas. Yo aprendí mucho de su libertad interior a la hora de hacer apostolado y de su modo de acercarse a las personas, a todos. Personalmente sé que debo mucho a los ejemplos de la Hna. Clare.

Recuerdo que le conté un sueño que había tenido en aquellos días. Me veía junto a una especie de laguna dentro de una cueva grande. Dentro de la laguna había muchas personas que nos tendían la mano en petición de ayuda. Yo estaba para tenderles la mía cuando vi que, si me apresaban la mano, me habrían arrojado al agua donde ellos estaban. A pesar de su situación lamentable de necesidad, comprendí que para poder ayudarles tenía que no dejarme apresar por ellos. La Hna. Clare recordaba siempre este sueño. Como las personas de ese Hospital de Crónicos pasaban allí largos meses de malestar e inactividad, y como la Hna. Clare les proporcionaba distracción y consuelo, ella entendió que no tenía que dejarse «apresar» por las necesidades afectivas de estas personas, sino mantenerse en su lugar como religiosa. A su generosidad de corazón la Hna. Clare fue añadiendo el necesario discernimiento.

De todos los enfermos a los que se dedicó, hubo dos muy especiales: Paco y Rafael. Paco era un hombre de unos cuarenta años, con sida terminal. Era muy taciturno y cabezota, hablaba poquísimo y casi siempre para decir «¡No!». Supimos que había estado en la cárcel por delitos relacionados con el consumo de drogas. Poco a poco la Hna. Clare fue abriéndose paso en el corazón de este hombre. Finalmente se confesó, y se convirtió en un hombre de simplicísima oración continua y de un gran amor por la Eucaristía.

Rafael era un paciente con graves trastornos mentales a causa de una esquizofrenia. Muy bondadoso y caviloso de carácter, a su manera aceptó la imagen de Dios que la Hna. Clare le presentaba y empezó a recibir la Eucaristía con mucha devoción. Componía canciones y poesías en las que la Hna. Clare era un personaje celestial, confundido a veces con la Virgen María. La Hna. Clare tenía con él una relación simpatiquísima, pero ella no olvidaba su propósito. De alguna manera, sabía orientarse por entre el pensamiento brumoso de Rafael, y señalarle la realidad y la verdad de una manera que Rafael entendía y aceptaba. Su psiquiatra consideraba esta relación de Rafael con la Hna. Clare como una terapia de la mejor calidad y, después de que Rafael volviera a su casa tras el alta médica, se ocupaba ella personalmente de echar al correo las cartas que Rafael escribía a la hermana.

Estos casos son una muestra de la capacidad que tenía la Hna. Clare de hacer el bien a personas de todo tipo. Una parte era su simpatía y su carisma personalísimo y extraordinario, pero no era una mera cuestión de habilidades psicológicas. Tenía un sincero y profundo amor por el bien de las personas, y sabía que Jesucristo es el mayor bien del alma: lo había experimentado por sí misma. Tenía también un gran amor a Dios y a sus intereses. Y era una persona a la que le salía la autenticidad y la coherencia por todos los poros. Estas cualidades hacían que me inspirara mucho respeto, y creo no equivocarme si digo que fueron estas virtudes las que le abrieron los corazones de los que la trataron.

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