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Miércoles, 13 Septiembre 2017 21:00

Muchos se han tomado en serio su verdadera vida

Maria Vergara con su familia

María Vergara (Chone, Ecuador): Cada una de ellas se donaba totalmente a los demás porque tenían mucho para dar.

María Vergara es de Chone (Ecuador) y es miembro del Hogar de la Madre. Conocía a la Hna. Clare y a todas las jóvenes que murieron con ella en el terremoto del 16 de abril de 2016. Recuerda a cada una con emoción, y asegura que «después de lo que ha sucedido, muchas personas se han tomado en serio su verdadera vida».

Soy María Vergara, de Chone (Ecuador). Soy miembro del Hogar de la Madre de todos los Hombres, Madre de la Juventud. Estoy casada, tengo 34 años y cuatros hijos.

El Hogar me ha ido rescatando día a día, para que no me alejara de Dios, y para que mi alma no se perdiera y se condenara para toda la eternidad. Cada uno ha aportado mucho en mí para que esto suceda, y Dios se ha valido de ellos para que le conozca y le ame, aunque mi lucha será hasta el final, ya que siempre le estoy fallando. Me duele cada vez que esto pasa, pero confío en que Dios me ayudará a conseguir la santidad.

Por todo eso, puedo decir que estas seis personas también son parte importante de mi ser. Las tengo dentro de mi corazón. Para mí, no están muertas, están vivas, y el tiempo que compartí con ellas siempre lo recordaré para luchar por los que amo y por los que no amo, en especial por los que no me quieren. Esto lo aprendí de mi querida amiga Valeria ya que, aún a pesar de todo lo que sufrió, perdonó y amó como Nuestro Señor nos pide hacerlo. Difícil sí, ¡claro! Pero, imposible, ¡jamás!

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Dios ha sido tan misericordioso con nosotros, y en especial conmigo, porque me puso en el camino de seis personas muy especiales, únicas e importantes. No puedo dejar de sentir nostalgia al hablar o escribir de ellas. Obviamente, me refiero a María Augusta (Mi «Cielito», como le decía yo siempre), Jazmina, Mayra, Catalina, Valeria y la Hna. Clare. Dios sabe cuánto agradezco que fueran parte de mi vida, y saber que conocí y tuve el cariño de estas mujeres tan buenas. Era fácil notar, en estas almas, que estaban llevando una vida de entrega total a Dios. Bastaba solo con verlas.

Soy una persona muy cariñosa, y tengo la costumbre de abrazar fuerte a aquellos que amo. Y como es muy fuerte, a veces, sin que sea mi intención, las aprieto mucho… ¡¡Ja, ja, ja, ja!! Pobres de mis seres queridos, pero ahora que recuerdo nuestros encuentros con ellas, me doy cuenta de que respondían a esos abrazos de igual manera, sin quejarse las pobrecitas. Solo me regalaban un abrazo igual, y una linda sonrisa.

María Augusta: una chica respetuosa, cariñosa y con una dulzura en su mirada, como los de una tierna niña. Cuando la observabas, podías notar en sus ojos la inocencia. La conocí desde hace muchos años, y me gustó que defendió su vocación con mucha firmeza. Sabía que si era fiel a Dios en su llamada, sería feliz, aún a pesar de las dificultades. Siempre que nos encontrábamos me decía: «María, por favor, ora por mí para que sea fiel a Dios». Y yo le respondía que así lo haría. Cada vez que sabía que estaban de visita no podía dejar de saludarla. Cuando entró como candidata de las Siervas del Hogar de la Madre, me entristeció no poder estar presente, porque deseaba estar ahí. Pero lo acepté y se lo ofrecí a Nuestra Madre, ya que mi felicidad más grande es cuando una chica le dice «sí» a Dios, y más si la conozco. Por eso, cuando la vi después, en plena iglesia, apenas terminó la Santa Misa, corrí a abrazarla.

Jazmina tenía un espíritu muy grande. La conocí en la catequesis de iniciación y vi como, al unirse más a Dios, cambiaba su alma y, a pesar de sus luchas, cuando dijo que «sí» se notaba una enorme alegría. Siempre la encontrabas sonriente para los demás. Incluso al ver cómo sufría su mamá, ella sabía lo que tenía que hacer, y en eso demostraba esa confianza en Dios. Esa manera de ser, no creo equivocarme, la aprendió de su mamá.

Mayra, aunque compartí poco con ella, también noté su transformación. Nosotros somos imperfectos, y solo con la ayuda y confianza en Dios podemos ser mejores, podemos ser seres únicos y felices, y eso transmitía ella. Para una chica es muy difícil dejar todo (según el mundo lo que de verdad importa son las fiestas, la vanidad…) y empezar una vida en gracia. A ellas esto les tuvo que haber costado al principio, pero al ver que estas cosas no les hacía plenamente felices, dejaron de luchar y se entregaron a Dios, fiándose de él. Eso pude yo ver en Mayra: una verdadera alegría y entrega a los demás, ya que Dios no nos quita nada, al contrario, nos da todo, y así nosotros podemos dar a quienes nos rodean. Y cada una de ellas se donaba totalmente a los demás porque tenían mucho para dar.

¡¡¡Catalina!!! ¡¡Ja, ja, ja!! Es que solo de recordarla me imagino haciendo reír a Dios cada vez que alguien le ofende para hacerle feliz, porque así era ella. Tenía un espíritu libre que irradiaba felicidad, y tenía el don de poder alegrar a los demás. Llevar alegría al triste es una obra de misericordia. Eso lo aprendí de ella, que lo ponía en práctica. A mí me sacó más de una sonrisa, y esto pasó con algunas personas. No podías pasar con Catalina y no dejar de disfrutar de sus locuras. Y también se le notaba que amaba a Dios. Extraño mucho ese buen humor que nos transmitía.

Sobre Valeria, en verdad comparto que digan que su manera de ser era como la de Santo Domingo Savio. He escuchado algunas cosas de él y, al escuchar lo que me dicen de Valeria, veo que Dios tocó esa dulce alma. Y, gracias a Dios que así fue ya que, en este mundo, la impureza está tan pegada a las almas y se ofende tanto a Dios... Ella se enamoró de Dios y quiso llevarle consuelo a Dios. Valeria tenía una mirada muy tierna. Mi hija la quería mucho también, y me hablaba de ella. Esto me alegraba, porque está en una edad difícil y necesita ver ejemplos de chicas que viven la vida de manera sana y que son plenamente felices, no como la mayoría de las chicas que, por seguir al mundo, arruinan su vida y la de otros, y son infelices. Y lo mas importante es que ella dijo «sí» a Dios al igual que Nuestra Madre del Cielo, y fue un instrumento de amor para los que la conocimos.

Navidades de 2015 en EcuadorEstas chicas nos han demostrado que vivir en gracia no nos hace aburridos ni nada por estilo. Todo lo contrario, eran tan felices que lo notábamos porque la felicidad rebosaba hasta por sus poros. No necesitan hablar, simplemente con verlas lo podíamos descubrir. Eran como dice: «que quien me mire, te vea a ti mi Señor».

¡¡¡¡¡¡¡La Hna. Clare!!!!!!!!! Podría decir muchísimo sobre ella. Desde que la conocí sentí una gran fuerza en su presencia. Me impresionaba su espíritu, joven y carismático, y también esa certeza de lo que somos y a dónde queremos ir. Yo estaba deseando ir a Playa Prieta solo para verla. Y es que, ese amor suyo, no me llevaba a ella solamente, sino que me guiaba a Dios. Recuerdo que, durante un tiempo, lo pasé muy mal por un problema familiar. Ella, con sus palabras, me animó. La pedí que me pusiera en sus oraciones, para que se pudiera solucionar esa dificultad. Y le doy gracias por su oración, porque después de muchas dificultades, mi hogar sigue unido. Y se lo sigo pidiendo, para así poder cumplir con mi vocación en la vida matrimonial y poder guiar a mis hijos para que busquen la santidad.

De los años que tengo en el Hogar de la Madre, solo había podido ir a un Encuentro de Semana Santa. Ella me preguntó si iba a ir este año, y le dije la dificultad que tenía. Me dijo que pediría a Dios para que pudiéramos ir, y así fue. Hasta mi esposo pudo estar un tiempo con nosotros. Cuando la vi le agradecí mucho su ayuda y, por eso, aún sigo pidiéndole a ella y a las chicas, para que cuando Dios nos llame, también estemos preparados y no atrapados en pequeñeces, que aspiremos a cosas grandes, a la santidad. Y esta lucha es hasta el final, ya que somos frágiles, pero los santos nos han demostrado que nada es imposible y que no estamos solos, que Dios nos espera y nos ama.

Para muchos, esto fue algo que no se merecían las chicas, tan jóvenes, y las hermanas. Cuando me enteré de esta noticia me puse a llorar y llorar. Pero luego me dije: «Es que no somos de este mundo, estamos de paso. Nuestra patria es el cielo». Ellas siguen ahí conmigo, y siento que no están lejos, y que Dios siempre derramará bendiciones. Después de lo que ha sucedido, muchas personas se han tomado en serio su verdadera vida, y se han arrepentido, y ya acuden a la Misa y a confesarse.

Más temo por los que quedamos, ya que tenemos que luchar a cada momento para no perder la eternidad con Dios.

Debemos confiar en Dios, como la Hna. Clare y las chicas y, al igual que ellas, conocerlo, amarlo y transmitir eso a los demás.

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