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Vocación de la hna. Clare Crockett

Hna. Clare

La hna. Clare nació el 14 de noviembre de 1982 en Derry (Irlanda del Norte). Entró como candidata de las Siervas del Hogar de la Madre con 18 años, el 11 de agosto de 2001. Hizo sus primeros votos el 18 de febrero de 2006, eligiendo el nombre religioso de Hna. Clare María de la Trinidad y del Corazón de María. Profesó sus votos perpetuos el 8 de septiembre de 2010. Durante su tiempo de profesa, sirvió en las comunidades de las Siervas en Belmonte (Cuenca, España), Jacksonville (Florida, Estados Unidos), Valencia (España), Guayaquil (Ecuador) y Playa Prieta (Manabí, Ecuador). Murió en Playa Prieta a causa del terremoto del 16 de abril de 2016.

El testimonio que ofrecemos a continuación lo escribió ella en 2014 y le puso por título “¡Menuda película!”.


¿Por qué a mí?

HnaClare 2

Espero que este testimonio les pueda hacer mucho bien a sus almas y les ayude a acercarse más a Dios, porque estando cerca de Él van a ser felices de verdad…

Cuando yo tenía 16 años vino a mi ciudad un hipnotizador conocido. Yo ya lo había visto otros años y me encantaba la función. Quería que me hipnotizara a mí también. Antes de empezar el espectáculo, el hipnotizador nos dijo que solo ciertas personas con ciertos estados mentales podían ser hipnotizadas. A continuación, dijo que toda la audiencia –éramos unas 800 personas– tenía que hacer un sencillo ejercicio con las manos, al final del cual, los que quedaran con las manos entrelazadas tendrían que subir al escenario, porque ellos sí podían ser hipnotizados. Yo estaba con un grupo de amigos en una de las primeras filas del teatro. Ninguna de sus manos quedaron juntas; las mías tampoco. Pero yo actué como si estuvieran pegadas. A coro, todos mis amigos, animosamente, me dijeron: «Sube, Clare, que te va a hipnotizar». Yo subí al escenario con unas 30 personas más. Formamos una fila horizontal mirando hacia el público. El hipnotizador se paraba delante de cada uno de nosotros y, con la palma de su mano, tocaba cada una de nuestras frentes rápidamente, diciendo con voz grave: «¡Relájate!». Yo veía cómo algunos se caían encima de una silla que estaba preparada para esa gran caída detrás de ellos. A los que no se caían, el hipnotizador les mandaba regresar a sus sitios mientras la audiencia les daba un aplauso compasivo, ya que ellos no podían ser hipnotizados. Llegó mi turno. Me hizo exactamente lo mismo que había hecho a los demás, y me «caí» encima de la silla que tenía detrás. «Estoy totalmente consciente –pensé– no me siento hipnotizada». Efectivamente… Es que no estaba hipnotizada. A la cuenta de tres, el hipnotizador nos dijo que teníamos que abrir nuestros ojos y que estaríamos todavía bajo el efecto de no sé qué. De espaldas al público, nos decía mientras guiñaba el ojo: «Bueno, ya sabéis lo que tenéis que hacer». Ninguno de los que estaban en el escenario estaba hipnotizado; o bien eran actores, o era gente como yo capaz de seguir el juego al «insigne hipnotizador».

La audiencia, como me había pasado a mí en otras ocasiones, creía totalmente que todos estábamos hipnotizados. El apogeo del show llegó al final cuando «don Relájate» dijo que iba a dar a cada uno de los hipnotizados un regalo. Era un duende que solo nosotros podríamos «ver y tocar», nadie más. Este duende estaría con nosotros hasta las doce del mediodía del día siguiente. Al bajar del escenario la gente me rodeó preguntándome cosas sobre el duende: « ¿Qué ropa lleva?, ¿tiene barba?, ¿cómo se llama?, ¿me está mirando ahora mismo?...» Todos me creyeron. Me fui a mi casa con el duende «Dominic» y fui al instituto también con él. Los profesores, hasta los más estrictos e inflexibles, terminaron tragándose el cuento.

Unos años después, yo estaba en casa con mi familia y unas amigas. Allí estábamos todos metidos en la cocina, como buenos irlandeses, bebiendo té mientras teníamos conversaciones que empezaban por la frase: « ¿Os acordáis de aquella vez que…?» seguida de una carcajada general y de palmetazos en las rodillas. Ya que todos estábamos de tan buen humor, dije: « ¿Os acordáis de cuando yo actué como si estuviera hipnotizada y tuviera un duende?». Todos me miraron. Silencio total. « ¿Os acordáis?», repetí con una risa nerviosa. «No, no. Tú tenías un duende de verdad, lo que pasa es que, como estabas hipnotizada, ahora no te acuerdas… Pero sí, sí, lo tenías en la palma de la mano». Y todos empezaron a hablar a la vez convenciéndome de que era así.

Cuento esta historia porque, cuando yo supe que Dios me estaba llamando a la vida religiosa, nadie podía creerse que Dios llamara una chica como yo. Según muchos, era imposible que yo pudiera tener vocación, pero, sin embargo, sí que podía tener un duende. El escritor Chesterton dijo: «Cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa». ¡Tremenda frase! ¡Triste realidad! Dios puede llamar a quien quiera, como quiera, donde quiera… Y, ¿por qué? Porque es Dios. Nuestro fundador, en una poesía que escribió titulada « ¿Por qué a mí?», dice: «No preguntaré ya más por qué a mí, simplemente reconoceré tu libertad y daré gracias sin parar».

Sin sitio para Dios

mapa de irlanda

La verdad es que nunca pensé en ser monja. Miles de otras cosas sí pero… monja, ¡jamás! Soy de una pequeña pero muy valiosa ciudad del Norte de Irlanda llamada Derry.  Por razones políticas hay una gran división en el Norte entre protestantes y católicos. Cuando vivía en mi país este conflicto y discordia se podían palpar claramente. Siempre he vivido en una zona y en una familia predominantemente nacionalista, luchamos por una Irlanda libre que consistía en una ruptura radical con Gran Bretaña. Quizás es por el hecho de venir de una familia y un entorno tan radical y guerrero que yo siempre he sido muy «todo o nada». Aunque éramos católicos nunca hemos sido fervientes. Recibí los sacramentos de bautismo, comunión, confirmación, confesión pero nunca entendí (tampoco tenía mucho interés) lo que estaba recibiendo.

Sí me acuerdo cuando tenía unos siete años ir a la iglesia con mi madre y con mis hermanitas. Era cuaresma, todas las imágenes estaban cubiertas con telas moradas. Subimos al coro y desde allí vimos el Vía Crucis proyectado sobre una tela blanca en la zona del presbiterio. Mientras ponían imágenes de la pasión del Señor, la música de fondo decía «Jesús, acuérdate de mí cuando llegas a tu reino». Aunque era muy pequeña todo lo que veía y oía me tocaba profundamente, y lloraba porque no entendía porque trataban a «este hombre» así.

Una “cabra loca”

A los 7 años

Desde muy pequeña, animada por mis profesores, empecé a recitar poesías en el feis (son festivales tradicionales en Irlanda donde recitan poesías, cantan, hacen baile irlandés...). También empecé a cantar en un coro y escribir historias. Posiblemente por las incitaciones de mis profesores y que en mi familia me decían que yo era una «elementa», me vino el pensamiento de que yo quería hacer algo muy grande con mi vida. Yo quería ser actriz, y no cualquier actriz sino ¡una actriz famosa!

Cuando tenía catorce años vi en el periódico un anuncio que decía algo así más o menos: «Para actores aspirantes que sueñan con un día llegar a la gran pantalla, este taller es tu oportunidad para ganar experiencia y consejo para poder trabajar en la televisión y el cine». Asistí al taller y gracias al éxito de aquello empecé a formar parte de una agencia de actores. Tuve mi primer trabajo en la televisión en el canal cuatro de Inglaterra con quince años, luego tuve algunos otros trabajitos como presentadora en la televisión y cuando tenía dieciocho tuve un pequeño papel en una película. Me encantaba el teatro, tanto hacerlo como escribirlo, leerlo y dirigirlo. Mi meta era Hollywood…en serio. ¿Por qué no podía ser así? Además la quiromante que leyó las cartas a mi madre decía que sería así. (ejem, ejem) 

Yo era un poco (o un mucho) «cabra loca». En el tema de los estudios no iba mal, pero estar allí metidos en el instituto seis horas diarias me parecía descabellado. Las únicas asignaturas que me apasionaban eran literatura y teatro. Mi formación como católica romana era pésima a pesar de haber recibido educación en una escuela e instituto católico. 

Unas amigas de mi clase atendieron un retiro para jóvenes que duraba un fin de semana. Cuando volvieron del retiro no hacían nada más que hablar sobre ello. Para tener un seguimiento con los jóvenes que fueron al retiro, se formó un grupo juvenil que se reunía todos los domingos. Varias veces me habían invitado a uno de estos retiros y al final fui a uno. No me acuerdo mucho de aquello pero hay una cosa que sí se me ha quedado. Tuvimos adoración del Santísimo (yo no tenía ni idea lo que era eso). El Santísimo estaba expuesto en el altar y debajo de la custodia había un cuadro grande de Jesús que ponía: «Jesús, Nuestro Salvador», y me acuerdo estar pensando: « ¿el mismo que está en el cuadro está en la custodia también?, ¿me está mirando?, ¿me está escuchando?». Creo que fue en el silencio de aquel pequeño oratorio cuando por primera vez fui consciente de que Jesús me quería decir algo. Como hice muchos amigos en el retiro me invitaron al grupo los domingos.  Después de un tiempo me pidieron dar charlitas y ser monitora de grupo en los siguientes retiros. Yo seguía bastante «verde» en el ámbito religioso. La verdad es que no sé de qué han sido mis charlas o el testimonio que he dado porque realmente no tenía nada que decir. Tenía muchas ganas de vivir, de realizar mi ideal y mi meta pero Dios no formaba una parte central de mi vida para nada.

En el mundo del teatro y de la televisión

Hermana Clare con amigas de jóven

Hna. Clare (izqu.) con sus amigas

Lamentablemente, a una edad muy joven empecé a salir a fiestas y discotecas, y a meterme en el ambiente que todo este mundillo arrolla. Fumaba y bebía. El tema del alcohol luego llegó a ser un problema para mí, y me era inviable vivir sin un paquete de cigarrillos.

Cuando tenía dieciséis años y ya había hecho algunos trabajitos en la televisión empecé a experimentar un vacío que no entendía lo que estaba pasando dentro de mí. «Eso de ser presentadora no es para mí» pensé y llegue a declinar una oferta de trabajo para un canal conocido: Nickelodeon. Por esta época una amiga mía me llamó por teléfono invitándome a ir España. Que era un viaje gratis, que no sé quién lo había pagado para que los jóvenes tengan la buena experiencia que él había tenido y no sé cuántas cosas más. Mientras ella me hablaba yo sólo pensaba: «España, gratis, sol, playa, fiesta… ¡Claro que voy!» Yo sinceramente pensaba que íbamos a ir a una islita turística como Ibiza, pero este viaje resultó ser un encuentro de Semana Santa en un pueblito de España donde no había nada de playa, ni de sol, ni de fiesta ni nada de nada (con todos mis respetos: ¡Viva Priego!). El hombre que pagó por mi billete – por cierto, estoy inmensamente agradecida ya que por su generosidad estoy aquí- conoció el Hogar de la Madre el año anterior cuando él asistió al encuentro de Semana Santa. Se quedó impresionado y quería llevar jóvenes allí para que tuvieran la misma experiencia. La verdad es que no sé por qué pensaron en mí ya que era muy superficial y cabra loca de las montañas. Cuando me enteré que iba a ser un encuentro de Semana Santa y que iba a ser en un monasterio con monjas y sacerdotes, por supuesto no me hizo ni pizca de gracia, pero tenía que ir porque mi nombre estaba en el billete de avión.

Un viaje gratis a España

Hermana Clare con amigas de jovén

Hna. Clare con sus amigas

Aterrizamos en España ¡Olé, olé! Gracias a Dios, en el grupo con quien había venido había personas estupendas, entre ellos un hombre que me ayudó mucho, Paddy Mc Connell. Siempre he admirado a Paddy porque me parecía un hombre que creía y vivía en lo que estaba diciendo o cantando. Tenía mucho carisma con los jóvenes y era un hombre de una fe muy tangible, un hombre de Dios. 

¿Qué vas a hacer por mí?

2003 Priego Semana Santa HM (20)

El monasterio donde se celebró la semana santa de 2000

Me acuerdo que durante este encuentro de Semana Santa con el Hogar había charlas de formación, reuniones por equipos, oración, misa…yo sólo iba a las cosas donde sabía que si no iba lo iban a notar, por ejemplo en las reuniones por grupos. Allí conocí al Padre Rafael Alonso, nuestro fundador, él justo estaba en mi grupo. Todas las chicas en mi grupo hablaban de las maravillas de la Eucaristía (que creo que era el tema del encuentro) y cuando me preguntaron a mí que qué pensaba, quité el cigarrillo de mi boca y pregunté que qué era la Eucaristía. Cuando me explicaron lo que era, no experimenté ninguna iluminación de la fe, simplemente respondí con un: «Ah» estática.

La cruz que la Hna. Clare besó

La cruz que besó la hna. Clare

Llegó el día de Viernes Santo. Asistí a los oficios de este día con una actitud totalmente pasiva. Llegó un momento en el que todos los que estaban en la iglesia se pusieron en fila en el pasillo central para la adoración de la cruz. Yo veía que algunos hacían la genuflexión y después besaban los pies de Jesús clavado en la cruz. Era la primera vez que veía algo así. Yo también me puse en la fila, no movida por ningún impulso piadoso ni ferviente, simplemente lo hice porque es lo que tocaba hacer. Cuando llegó mi turno, me puse de rodillas y besé los pies de Jesús. Aquel sencillo acto no duró más de unos diez segundos, besar la cruz… algo aparentemente trivial tuvo un impacto muy fuerte dentro de mí. Tertuliano escribió que «en la acción de Dios no hay nada que desconcierte la mente humana como la desproporción entre la sencillez de los medios usados y la grandiosidad de los efectos obtenidos». Yo no sé explicar exactamente lo que pasó, no vi ningún coro de ángeles ni vi ninguna paloma blanca que venía desde el techo hacia mí, pero tuve la certeza de que por mí el Señor estaba en la cruz y junto con esta convicción, me acompañó un vivo dolor algo similar a lo que había experimentado de pequeña cuando hacía el Vía Crucis. Al regresar a mi banco, yo ya tenía una huella dentro que no tenía antes. Yo tenía que hacer algo por Él, que había dado su vida por mí.

Aunque recibí esta gracia tan grande no es que enseguida empecé hacer penitencia y cambiar de vida. Todo lo que uno dice a Jesús cuando ha recibido una gracia fuerte sea en un retiro, en una peregrinación, en un encuentro, todo esto que le decimos incluso con lágrimas cuando estamos «encima del monte Tabor», también lo tenemos que recordar, volverlo a decir y vivirlo cuando «bajamos del monte», cuando volvemos a nuestra vida cotidiana, a nuestro ambiente. Decía santa Edith Stein: «El Crucificado entonces nos mira y nos pregunta si aún seguimos dispuestas a mantenernos fieles a lo que prometimos en una hora de gracia».

Quiero que vivas como ellas

roma2000

La Hna. Clare en la peregrinación de 2000.

En este encuentro de Semana Santa el Padre me invitó a ir con los jóvenes del Hogar a la Jornada Mundial de la Juventud en Roma, era el año 2000. Yo acepté aunque no sabía muy bien ni quién era Juan Pablo II ni qué era una Jornada Mundial de la Juventud. Fue en esta peregrinación por Italia donde la inconfundible voz de Dios me volvió a hablar muy dentro de mí. Confieso que no viví muy bien el viaje, me atraían más la tiendas de Italia que las iglesias y catedrales. Pero, ¿no es verdad que el Buen Pastor dejó las noventa y nueve ovejas para ir a buscar la oveja despistada? Pues lo mismito hizo conmigo, me buscó hasta que encontró el momento oportuno para decirme: «Quiero que tú vivas como ellas».  «Ellas» eran las hermanas, y vivir «como ellas» significaba ¡ser monja! Subía el volumen de la música que estaba escuchando en el autobús, quizá así no podía oír nada y podía olvidar lo que Dios me estaba pidiendo. El Señor no compitió con mi música. No me gritó, simplemente me repetía la misma frase. Empecé a pensar en todo lo que tendría que dejar: mis sueños, las fiestas, mi novio… la lista parecía interminable y por supuesto esto fue seguido de un: «yo no puedo vivir esta vida, para mi es imposible, etc.». Sin embargo el Señor me aseguró que si Él pide algo, siempre da la gracia y la fuerza para vivirlo. Una pregunta frecuente de los jóvenes es: «¿cómo se sabe si tienes vocación?» Uso aquí las palabras de Madre Teresa de Calcuta cuando le preguntaron la misma cosa: «Cuando una chica ha experimentado la llamada, ella lo sabe, igual no sabe cómo explicarlo, pero lo sabe». Y así era.

¿Por qué me sigues hiriendo?

Al regresar a mi país seguía viviendo como antes (sí señores y señoras…) «con el peso de mis miserias volví a caer en estas cosas terrenas y a ser reabsorbido por las cosas acostumbradas, quedando cautivo en ellas» (San Agustín). Sin embargo nunca podía olvidarme de la hermanas. Me parecía absurdo, allí estaba yo siempre rodeada de gente, de fiesta en fiesta, metida en todo el mundo de teatro y no podía dejar de pensar en las monjas. Poco a poco también todo lo que antes pensaba que me hacía feliz, perdía valor para mí y experimenté el tremendo peso del vacío.

Una noche cuando estaba de fiesta con mis amigos el Señor me dijo: «¿Por qué me sigues hiriendo?» Yo entendí que mi manera de vivir y mi falta de respuesta a lo que el Señor me estaba pidiendo me hacían mucho daño a mí misma y a Dios también. No fue hasta que fui a Inglaterra a grabar la película, que experimenté de una manera muy profunda la gran cavidad que había en mi alma. A pesar de estar con gente famosa, comer en restaurantes costosos, quedar en hoteles de no sé cuántas estrellas, realmente sentí que en mis manos tenía todo, y a la misma vez que yo era una pobre miserable que no tenía nada. Todo lo que yo pensaba que me iba a hacer feliz y libre me ataba y me engañaba. Fue entonces que dije a Dios: «¡Se acabó!, la paz que yo he encontrado contigo y en el Hogar no la encuentro en ningún otro sitio; yo tengo que dar este paso y es ahora o nunca». Ciertamente es verdad lo que dijo San Buenaventura: «Voluntas Dei, Pax nostri», la voluntad de Dios es nuestra paz.

¡Voy a ser monja!

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Hna. Clare en sus votos perpetuos

Creo que ya pueden imaginar la reacción de todo el mundo cuando yo les decía que tenía vocación y que quería dejar todo para entregarme al Señor por completo…« ¡Tú estás loca!» Allí empezó otro tipo de película, pero lo importante es que yo sabía con una fuerza que no venía de mí lo que tenía que hacer. Años después cuando un primo mío me vio ya vestida con el hábito y a punto de hacer mis votos perpetuos me dijo: «Clare, yo te conocía antes de ser monja, y verte ahora así…solo puedo decir o que tú estás loca o que Dios realmente existe» En Isaías 55: 8 dice: «Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice el Señor». Dios sabe lo que hace, nosotros sólo tenemos que fiarnos de él.

Felizmente consagrada

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La vocación religiosa es un don tan grande que realmente confunde a la persona elegida. Dios fija su mirada en una pobre alma para vivir con y en ella y así ayudarle a salvar el mundo. Esto sí es una locura, pero ¡bendita locura! Nosotros sí estaríamos locos de no responder a lo que Dios pide de cada uno de nosotros, porque lo que Él pide siempre es lo mejor. Hemos sido creados para cosas grandes no para la comodidad. Termino con unas palabras que el Papa Benedicto XVI dirigió con mucho ardor y viveza a los jóvenes en su primera misa como Sucesor de Pedro: 

« ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo –si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a Él–, miedo de que Él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad?». Y todavía el Papa quería decir: «¡No! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande».       

Doy fe de ello. ¡Viva el Señor!  ¡Viva la Virgen!  ¡Viva el Papa! Y…...¡Vivan las monjas!

A ustedes les toca decir: ¡Que vivan!                                                                               

Hna. Clare María de la Trinidad y del Corazón de María

Ver testimonio de la Hna. Clare en la JMJ 2011.

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