Miércoles, 21 Diciembre 2016 21:00

Cuando yo era pequeñaja: ¿Dónde está el Niño Jesús?

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Observa a este pequeño Niño en la cuna con paja en un establo: es Dios. Y si ponemos otras cosas delante de Él, al final somos nosotros quienes salimos perdiendo.

La Hna. Clare tenía una sección llamada “Cuando yo era pequeñaja” en la revista HM Zoom+, la revista dedicada al público infantil que publica bimestralmente el Hogar de la Madre. En “Cuando yo era pequeñaja”, a través de las divertidas historias que inventaba, iba transmitiendo a los más pequeños de la casa el amor por Jesús, los introducía en la práctica de las virtudes… Para el número 34 de la revista, que se publicó durante la Navidad del año 2004, la Hna. Clare escribió este simpático artículo que hoy les ofrecemos: “¿Dónde está el Niño Jesús?” Y tiempo más tarde, en 2011, lo grabó para Radio HM, interpretando las voces de todos los personajes que aparecen en el relato. Se lo ofrecemos también en la sección Multimedia de esta web.

pequenaja navidad1peqA mis hermanas y a mí nos encantaba decorar nuestra casa para Navidad. Entre los adornos teníamos: un Santa Claus, que movía el enorme saco que tenía sobre la espalda y decía: “Jo, Jo, Merry Christmas”; un reno llamado Rudolf, que cuando tocabas su nariz se ponía roja; dos pequeños ángeles, que movían las alas para arriba y para abajo; y un grupo de gente que cantaba villancicos cuando lo encendías. Mis hermanas y yo nos partíamos de la risa cuando se le estaban acabando las pilas, porque parecía que los cantantes estaban sufriendo de agotamiento extremo.

También teníamos un Belén que era bastante grande y que poníamos en una mesa aparte. Era la cosa favorita de mi madre. Al lado del Belén ella ponía dos velas y, cuando las enchufabas, el establo se llenaba de luz. Dentro estaban el Niño Jesús en una cuna, María, José, dos vacas, un burro, algunas ovejas. Todo el mundo que venía a nuestra casa siempre comentaba lo precioso que era. A mis hermanas y a mí nos encantaba jugar con él. Cada una cogíamos el papel de una de las figuritas. Yo era María, mi hermana pequeña era los animales y mi otra hermana era José. Movíamos las figuritas y hablábamos con el Niño Jesús. Mi hermana, que tenía el papel de los animales, decía que ellos también podían hablar: “Muuuu”, decía, “Te puedo dar mi leche gratis, Niño Jesús, para que tu mamá te pueda hacer batido de fresa, muuuu”.  Y, después, mi hermana, la que hacía de José, decía: “Vaca, el niño no tiene dientes, entonces no puede tomar el batido”.  “Muuu”, respondió, “la abuela lo bebe, muuu, y ella, muu, muu, no tiene dientes”. “Vais a cansar al Niño”, dije yo.

Mi madre nos recordaba diez veces al día que teníamos que tener cuidado con el Belén y poner las figuritas en su sitio y que no era necesario moverlas de arriba a abajo cada vez que hablaban.

Un día, mientras estábamos jugando con el Belén, decidimos que no era justo que el Niño Jesús estuviera siempre en la cuna. Así que, decidimos llevarle a él, a su Madre, a su padre y a una de las ovejas, a “juguetilandia”, que estaba en la habitación de mi hermana. Allí presentamos al Niño Jesús a todos los juguetes que teníamos. Lo pasábamos pipa jugando, hasta que mi madre nos llamó para ir a recoger a mis primos que iban a pasar el fin de semana en nuestra casa. Dejamos todos los juguetes y a la Sagrada Familia en la habitación, y salinos corriendo.

Cuando volvimos a casa, mis primos, mis hermanas y yo fuimos a la habitación para jugar. Oímos a mi madre gritar: “¿Dónde están las figuritas del Belén?”. “Están en la habitación”, dije yo. “Traedlas aquí ahora mismo. Os he dicho mil veces que no las podéis sacar de aquí”. El suelo de la habitación estaba lleno de juguetes… Y allí, entre todo el desorden, encontramos a María, a José y a la oveja, pero el Niño Jesús no estaba. “¡Ay!”, dije yo, “¿Dónde está el Niño Jesús?” Todo el mundo se encogió de hombros y se oyeron muchos “oh, oh” pero nadie sabía dónde estaba.

pequenaja navidad2peqOímos a mi madre subir las escaleras y empezamos a buscarlo rápidamente, pero se había perdido. Mi madre estaba abriendo la puerta de la habitación. En ese momento, todo parecía ir a cámara lenta. Yo veía que la puerta se estaba abriendo, el pie de mi madre a punto de entrar, y mi reacción inmediata era intentar cerrar la puerta. Salté e intenté cerrarla. “Si mi madre ve el estado de esta habitación, le va a dar un infarto”, pensé. “Y, además, la parte más importante del Belén se ha perdido”. Pensaba que estaba siendo una heroína salvando la vida de mi madre y la de mis hermanas y mis primas. Pero mi madre, mucho más fuerte que yo, evidentemente, solo tuvo que empujar la puerta con una mano y casi salgo volando al otro lado de la habitación.

Cuando mi madre viera la habitación, yo estaba segura de que vería salir humo de sus orejas. “Dadme las figuritas del Belén y limpiad esta habitación ahora mismo”. “No podemos encontrar al Niño Jesús”, dijo mi hermana pequeña. En ese momento, no parecía que el humo solo saliera de las orejas de mi madre, sino también de su nariz. ¡¡Iba a explotar!! “Tenéis una hora para ordenar y encontrar al Niño Jesús...”. Y se fue.

Empezamos a buscar al Niño Jesús como locas. Buscamos dentro de los zapatos, debajo de la cama, en las cajas de los puzles, en el armario. Podíamos oír el reloj que hacía tic-tac; ya no quedaba tiempo. “Esperad -dije yo-, ¿quién fue la última que tuvo al Niño Jesús?”. Todas intentamos recordar qué había sido lo último con lo que habíamos jugado. "Yo recuerdo verla a ella con el Niño Jesús”, dijo mi prima señalando a mi hermana pequeña. “¿Yo?”, dijo ella. “Sí, tú tenías al Niño Jesús en una mano y una muñeca en la otra”. Mi hermana se quedó pensando.  “Bueno, ¿dónde está la muñeca que tenías?”, pregunté yo. “No lo sé”, dijo ella. Hubo silencio. Mi hermana exclamó de pronto: “Está en el baño. Iba a lavarle el pelo”. Corrimos rápidamente al baño. Allí, encima de una toalla estaba la muñeca con su pelo empapado. ¡Y allí estaba el Niño Jesús!, dentro de un vaso de agua burbujeante. “Oh, ahora recuerdo... Iba a lavarlo, porque había estado jugando con las ovejas”.

Lo secamos lo más rápidamente posible y lo llevamos a mi madre. “Huele a champú”, dijo mi madre mirándonos con recelo. “No preguntaré”, dijo mientras ponía al Niño Jesús en la cuna. “Y un aviso: nunca jamás volváis a tocar esto”.

Habíamos perdido al Niño Jesús durante un ratito, pero ¡imagínate perder a Jesús para siempre! ¿Y esto es posible? Claro que sí, si durante el tiempo de Navidad solo pensamos en nosotros mismos, si no preparamos nuestros corazones, yendo a misa y confesándonos, o si no intentamos agradar a Jesús siendo buenos. Perdemos a Jesús cuando nos ponemos a nosotros mismos en el centro y a Él lo dejamos a un lado. Observa a este pequeño Niño en la cuna con paja en un establo: es Dios. Y si ponemos otras cosas delante de Él, al final somos nosotros quienes salimos perdiendo.

 

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