Viernes, 12 Enero 2018 18:21

Aprendió a ceder el puesto

Hna. Clare cantando en el coro

Fernando Guerrero (Guayaquil, Ecuador):  Un cantante religioso, así como Cristo, debe morir a sí mismo, anonadarse, hacerse nada en el Todo.

Fernando Guerrero es un postulante del Instituto Verbo Encarnado, a punto de comenzar su noviciado. Conoció a la Hna. Clare en el coro de la parroquia de Loreto (Guayaquil, Ecuador) y la trató durante varios años. Nos ha enviado un largo testimonio del que publicamos hoy esta primera parte. Fernando nos habla de la humildad que vio en la Hna. Clare, de la que afirma que, a pesar de sus muchos talentos, «sobresalía sobre todo por su fidelidad a sus votos, a su ser religiosa».

hnaclare fernando320Mi primer contacto con la Hna. Clare fue por la invitación a ser miembro del coro de la parroquia de Loreto, del que la Hna. Clare era directora. Lo que me llamó la atención fue que, para ser «directora de un Coro», tenía una alegría única.

Como coordinadora del coro, transmitía mucha paz. Nunca perdía esa paz mientras intentaba coordinar las voces del coro. Nos enseñaba que nuestro canto debía ser únicamente para Dios, no porque nos reconozcan nuestro talento ni por las personas que nos escuchan en misa. Cuando alguno desafinaba, no hacía una corrección sin caridad. De hecho, buscaba siempre la manera adecuada de corregir y el lugar propio donde hacerlo. En muchas ocasiones, una mirada bastaba.

Recuerdo tan solo una vez haberla escuchado alzar la voz mientras dirigía el coro. Su preocupación era la cercanía de las misas y las actividades litúrgicas de Semana Santa, por lo que todo debía salir bien. El propósito de alzar la voz fue la de hacer conscientes de esta responsabilidad a los coristas. Para ella, cantarle a Dios era entregarle todo, no un poco. Había que hacerlo bien y sin lucirse, porque ese canto era para Dios Padre, para Dios Hijo y para Dios Espíritu Santo, y había que cantar bien.

Recuerdo también su sencillez y humildad. A pesar de tener muy buena voz, no ostentaba de ser una gran cantante. Por el contrario, se anonadaba como su esposo Jesús. La Hna. Clare, como Santa Teresa, simplemente era «Nada».

Era una maestra que tenía que enseñar a cantar a pesar de estar en medio de algunos afinados y otros desafinados, pero en su canto siempre había un mensaje subliminal: «Todo lo que hagamos, hay que hacerlo a mayor gloria de Dios», como lo enseñaba San Ignacio de Loyola.

A pesar de que haber estado relacionada con el mundo artístico desde muy joven, y que lo más común entre los artistas es querer sobresalir y ser conocido por todos por sus dotes artísticos, la Hna. Clare ya había superado todo esto.

Hna. Clare con el coro

La Hna. Clare sobresalía no por su talento (que tampoco escondía) sino por su fidelidad a sus votos, a su ser religiosa, y esto era lo más importante. Puedo dar fe de esto porque, habiendo sus superiores decidido enviarla a misionar en Playa Prieta, cuando venía con las demás hermanas a Guayaquil, no buscaba cantar en misa. Más bien era el coro, los sacerdotes o las mismas sacristanas que sabían lo bien que cantaba que la buscaban para que cantara. De igual modo sucedía en los rosarios cantados de la parroquia de Loreto. No siempre cantaba ella, sino que lo hacía algún miembro del coro o alguien que cantaba. Ella aprendió a ceder el puesto. ¡Qué ejemplo para los artistas actuales! Incluso para los cantantes católicos de parroquias, que pegados a su guitarra, al puesto no son maestros, y muchas veces parecen dueños y señores de los coros. Un cantante religioso, así como Cristo, debe morir a sí mismo, anonadarse, hacerse nada en el Todo —como es lo propio de la espiritualidad carmelita— y que es tomada por el Hogar de la Madre, su familia religiosa. Ese «ser nada», la Hna. Clare lo tenía, pues ella era esa «Nada» en el Todo que es el mismo Dios.

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