Jueves, 29 Junio 2017 20:20

«Él murió por mí. ¡Me ama!»

Hna. Grace

Hna. Grace Silao, SHM:  Voy a intentar a comunicaros, desde mi perspectiva y con mis pobres palabras, lo que yo tuve el privilegio de ver y oír en la hermosa vida de nuestra Hna. Clare durante ese primer encuentro de Semana Santa al que ella asistió en el año 2000.

Hna. Grace

La Hna. Grace Silao era ya candidata de las Siervas del Hogar de la Madre cuando la Hna. Clare llegó —totalmente despistada— a su primer Encuentro de Semana Santa con el Hogar de la Madre. Fue testigo privilegiado de su encuentro con el amor de Cristo Crucificado, y testigo de la respuesta que la Hna. Clare dio a Jesucristo a partir de ese momento, y que resume con estas palabras: «El amor solo con amor se paga». Precioso testimonio de la Hna. Grace, que nos ha prometido escribirnos de nuevo con más recuerdos sobre la Hna. Clare.

Conocí a la Hna. Clare en un Encuentro de Semana Santa con el Hogar de la Madre en el año 2000, en un monasterio del siglo XV en Priego (Cuenca, España). Una de las hermanas de mi comunidad me preguntó recientemente: «Hna. Grace, tú que conociste bien a la Hna. Clare, y has vivido muchas cosas con ella: ¿Cómo describirías su espiritualidad?» Antes de responderte, déjame explicarte que esa hermana me hizo esa pregunta porque había escuchado un audio del Cardenal John Magee que se titula: «Las historias nunca antes contadas de las papas: Papa Pablo VI, Papa Juan Pablo I y Papa Juan Pablo II». En el audio se cuenta que, un día, el Papa Pablo VI reveló el secreto de su espiritualidad a su secretario, el Cardenal Magee. El secreto era: misericordia. Entonces, yo respondí a esa hermana diciendo que en la vida de la Hna. Clare también manifestó mucha misericordia, sin embargo, yo resumiría su vida —y su espiritualidad— con las palabras de uno de los principales santos patronos del Hogar de la Madre, San Juan de la Cruz: «El amor solo con amor se paga».

En las líneas siguientes voy a intentar a comunicaros, desde mi perspectiva y con mis pobres palabras, lo que yo tuve el privilegio de ver y oír en la hermosa vida de nuestra Hna. Clare durante ese primer encuentro de Semana Santa al que ella asistió en el año 2000.

Durante ese encuentro de Semana Santa, mi superiora, la Madre Ana, me dijo que yo iba a estar encargada del grupo de chicas de habla inglesa. Eran jóvenes, en edad de instituto, procedentes de EEUU y de Irlanda. Había unas quince chicas en ese grupo. Yo era candidata en ese momento, y sentía que eso era una responsabilidad muy grande. La Madre Ana me dijo que no me preocupase, porque también iba a estar la Hna. Isabel Cuesta en el grupo. Tuvimos la sorpresa inesperada, pero a la vez muy agradable, de que el P. Rafael, nuestro fundador, estuvo presente en todas las reuniones de equipo que tuvimos después de las distintas charlas. El tema de aquel año era la Eucaristía. Había una chica en el grupo, Clare Crockett, que tenía muy poca formación religiosa. Con toda espontaneidad, y con su fuerte acento de Derry (Irlanda del Norte), soltaba preguntas del tipo: «¿Qué es la Eucaristía?» Era tan graciosa, que nos hacía reír con todo lo que decía. Sin embargo, nos daba la impresión de que no estaba cogiendo lo que estábamos explicando. El segundo día observé que su carácter vivaz, alegre y animado atraía a la gente hacía ella. Siempre estaba haciendo bromas y cantando canciones de gestos. Yo recuerdo que tenía que estar pendiente para ver dónde estaba, porque muchas veces no estaba en las actividades y se notaba su ausencia. Cuando eso pasaba, yo iba en su busca. Y… ¿dónde estaba Clare Crockett? Pues la encontré varias veces fuera del monasterio tomando el sol. Otras veces la encontré fumando con otras chicas. Aunque yo siempre estaba allí «dándole la lata» para que fuera a las actividades, ella nunca me respondió faltándome al respeto, aunque yo sabía que ella no quería estar allí.

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Ahora compartiré contigo lo que pasó el 21 de abril de 2000, el Viernes Santo. Después de la celebración de la Pasión del Señor, fui a recoger las chicas para otra actividad. Cuando me acerqué a Clare, ella estaba de pie fuera de la iglesia. Estaba temblando y lloraba profusamente. Yo lo dije: «Clare, ¿estás bien?» Ella me miró. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Con dolor, exclamó estas palabras: «Él murió por mí. ¡Me ama!». Recuerdo que la respondí: «Sí, Clare, eso es genial. Dios murió por todos nosotros». Ella repitió las mismas palabras: «Él murió por mí. ¡Me ama!». En ese momento, supe que algo muy profundo estaba ocurriendo dentro de ella y que yo no era la persona adecuada para ayudarla. Inmediatamente la pregunté: «Clare, ¿te gustaría hablar con un sacerdote?» Ella asintió con la cabeza. La dije que me esperase allí y que volvería en seguida. Fui corriendo a la sacristía para buscar al P. Rafael. Gracias a Dios estaba allí todavía. Le expliqué: «P. Rafael, Clare está llorando mucho, y me está repitiendo estas palabras: “Él murió por mí. ¡Me ama!”. La he preguntado si le gustaría hablar con un sacerdote y me ha dicho que sí».

Sin pestañear, el P. Rafael me dijo que fuera a por ella para que pudieran hablar. Inmediatamente fui a la iglesia para llamar a Clare. Ella seguía llorando, con mucho dolor en su mirada. Como el P. Rafael solamente habla español, y Clare solo hablaba ingles, yo me quedé para traducir.

Fuimos a sentarnos en un banco detrás del monasterio con vistas a las montañas. Clare estaba temblando nerviosamente mientras lloraba. Pidió permiso al Padre para fumar un cigarrillo. El Padre le dijo que no le importaba. Noté que el P. Rafael estaba muy bien dispuesto a escucharla. Percibí que, mientras el Padre la estaba escuchando decir todo lo que ella tenía en su corazón, él estaba rezando. Una de las cosas que destacó de esa conversación fue la gracia que recibió cuando besó el crucifijo. Ella lo contó muchas veces después. Clare preguntó al P. Rafael: «¿Por qué nadie me ha dicho eso antes?» Yo sentí que yo era un mero espectador que estaba presenciando cómo un gran acontecimiento se desarrollaba delante de mis ojos. Clare fue tan directa y tan sincera cuando confesó al Padre el dilema interior que la atenazaba: «Tengo planes de ser una actriz famosa, pero después de eso estoy confundida, porque pienso que Dios quiere que sea una de ellas». El P. Rafael preguntó: «¿Qué quiere decir una de ellas?» Clare señaló con el dedo a las hermanas y dijo: «Una de las hermanas». El P. Rafael habló a Clare del amor de Dios, y que lo que ella estaba experimentando era una gracia muy grande de Dios. Hablaron largo rato.

Si has leído la biografía de la Hna. Clare, sabrás ya cuánto tuvo que luchar después de esta Semana Santa para responder a la llamada de Jesús a ser totalmente suya. Recuerdo que, antes de que ella dejara España, la pregunté: «Clare, ¿de verdad vas a volver?» Ella respondió: «Si, voy a volver». Y ciertamente, volvió.

Cuando recuerdo ese Viernes Santo, reconozco que he aprendido de esta experiencia varios lecciones. Primera, que Dios siempre es bueno —SIEMPRE— y que nos ama inmensamente. Nos ha dado a su Hijo Único, Jesucristo, para morir en una cruz por nuestros pecados. También aprendí, observando al P. Rafael hablar con la Hna. Clare, que siempre debemos de estar abiertos a la acción de la gracia de Dios y a sus intervenciones en las almas. El P. Rafael siempre ha insistido a las hermanas que: «Hay un santo en potencia en cada joven». Tenemos que tener paciencia y amor para cada alma. Tenemos que rezar mucho, y ofrecer sacrificios por la conversión de las almas.

Estoy muy agradecida al P. Rafael por enseñarnos, como hace Jesús, que no podemos quedarnos indiferentes hacía ningún alma cuando se trata de su salvación. Yo creo que puedo decir que he tenido el privilegio y la bendición de poder ver cómo nuestras tres misiones arraigaron en el alma de la Hna. Clare a través de la relación íntima que ella tuvo con Jesús y con la Virgen María. Estoy segura de que la Hna. Clare estaría de acuerdo en decir que ella no es la protagonista de su historia, sino ella lo único que hizo fue darle permiso a Dios para entrar en su vida y dejarle a Él hacer todo. «Todo para la gloria de Dios», repetía con frecuencia.

Tengo muchos recuerdos y evidencias de cómo ella vivió su vida, y cómo la gracia que ella recibió aquel Viernes Santo comenzó a cambiar su vida entera. Descubrir cómo Cristo murió en la cruz por ella, provocó en ella la chispa, el deseo de querer vivir su vida totalmente entregada a la voluntad de Dios, como muestra de su gratitud hacía Él.

Si eres un joven el que estás leyendo eso, y tienes miedo de preguntarle a Dios lo que Él quiere de ti, no tengas miedo. Si tú sabes que Dios te pide algo, te ruego desde el Corazón de María al pie de la Cruz: «Haz lo que Él te diga», y ¡¡hazlo ya!! Si la Hna. Clare no hubiera respondido a la llamada amorosa de Jesús, su libre albedrío nos hubiera privado, a mí y a tantas hermanas y personas que la conocieron, de toda la alegría y las gracias que ella ha traído a nuestras vidas en su quince años de vida religiosa.

Muchas veces yo la oí contar en charlas que la única manera de pagar a Dios todo lo que Él ha hecho por nosotros es dando la vida por Él. Terminaré con lo que ya dije al principio de este testimonio: «El amor solo con amor se paga».

Estad atentos al resto de los artículos que voy a escribir. Tengo muchas cosas que me gustaría compartir sobre el don de la vida de la Hna. Clare con que Dios nos ha bendecido y sigue bendiciéndonos. Además, algunas de las historias son muy graciosas.

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