Viernes, 11 Agosto 2017 17:29

Poseía una gracia única para tratar a los niños

Hna. Isabel con la Hna. Clare

Hna. Isabel Cuesta, SHM (España): Los niños encontraban cualquier cosa que les dijera la hermana la cosa más natural del mundo.

Hna. IsabelLa Hna. Isabel Cuesta nos cuenta algunos recuerdos del año que coincidió con la Hna. Clare en la comunidad de Jacksonville (EEUU). Le sorprendía el don que la Hna. Clare tenía para tratar a los niños, don que se hacía especialmente notorio con niños «problemáticos» a los que sabía ayudar a salir de sí mismos y superar sus dificultades. Y le impresionaba que la Hna. Clare no se envaneciera de los muchos talentos que tenía. Le parece que, en buena parte, esto se debe al sano realismo que supo inculcarla su madre.

Considero una gracia haber vivido en comunidad con la Hna. Clare en Jacksonville (Florida, EEUU) y en Torrent (Valencia, España).

Cuando estuve con ella en Jacksonville durante el curso escolar del 2008-2009, ella daba clases de religión en la Escuela Parroquial a los niños de Preescolar y 1º y 2º de Primaria. A los de 2º les preparó también para su Primera Comunión.

Poseía una gracia única para tratar a los niños. Cuento dos anécdotas a modo de ejemplo.

Belmonte Había en la clase de 2º un niño que no hablaba nunca. No tenía ningún impedimento físico: sencillamente no hablaba. A la Hna. Clare le daba muchísima pena. Un día conoció a su madre y se preocupó aún más. Era una mujer extraña, replegada y poco comunicativa también ella. La Hna. Clare se propuso como reto personal hacer hablar a este niño, pues estaba convencida de que tenía algún bloqueo psicológico por algo que habría vivido en la familia o similar. Por entonces, la Hna. Clare estaba hablando a los niños del Sacramento del Bautismo, y justo este niño no estaba bautizado. Ella entusiasmaba a los niños de tal manera que también él empezó a sentir el deseo de bautizarse. Recuerdo a la Hna. Clare imitando la voz muy ronca del niño la primera vez que habló, para decirle: «Hna. Clare, yo quiero bautizarme». A partir de ese día, el niño habló normalmente con la Hna. Clare, aunque solo con ella. Finalmente se bautizó y se volvió un niño más comunicativo y feliz.

El otro caso es el de un niño que era bastante tranquilo, hasta el día en que algo dejó de ir bien en su familia y se fue haciendo un niño violento. Un día estalló en el colegio una tormenta con este niño. Empezó teniendo un enfrentamiento con otro niño de la clase. La maestra, y después la directora, hicieron varios intentos de reducirle y controlarle, pero él se hacía cada vez más violento y respondía peor. Finalmente, se escapó al patio, y pasó así la tarde. Nadie sabía cómo tranquilizarle. Entonces, la directora llamó a nuestra casa y pidió a la Hna. Clare ayuda en esta situación. La Hna. Clare bajó y fue adonde estaba el niño. El niño no huyó de ella. La hermana empezó a hablarle y, al cabo de un rato, el niño fue a pedir disculpas a la directora y a las personas que había ofendido. Yo, que no salía de mi asombro, le pregunté a la Hna. Clare qué era lo que le había dicho al niño. Ella me resumió la conversación: «Le he preguntado si quería hacer daño así al Corazón de la Virgen y clavarle espinas en su Corazón. Él me dijo que no quería. Entonces le pregunté si quería quitarle las espinas que le había clavado. Él asintió. Y yo le dije: “Para quitar las espinas del Corazón de la Virgen, primero tienes que pedir disculpas a las personas que has ofendido”. El asintió y se fue a hacerlo».

La Hna. Clare hablaba del Corazón de la Virgen a los niños, y de cómo nuestros pecados hacen daño a los Corazones de Jesús y de María. También les enseñaba a hacer penitencia. Los niños encontraban cualquier cosa que les dijera la hermana la cosa más natural del mundo. En su entusiasmo infantil por entrar en el maravilloso mundo de la vida espiritual que ella les explicaba, hubo que refrenar un poco a veces los excesos de los niños, como por ejemplo cuando se animaban unos a otros a no ponerse la chaqueta cuando hacía frío para ofrecer ese sacrificio. O cuando algún niño se salía de la clase para ir a arrodillarse delante de una imagen del Papa que había en el pasillo, porque recordaba que la Hna. Clare les había dicho que tenían que rezar por el Papa.

Hizo también con los niños un «Club del Rosario». Un día a la semana íbamos a recogerles a la salida del colegio, les llevábamos a nuestra capilla, les hacíamos una pequeña reflexión y rezaban un misterio del rosario. Empezó un grupo de unos doce niños y, al final, se extendió prácticamente a toda la clase y a los niños de otras clases.

Hna. Clare con niñosDe vez en cuando abríamos el Sagrario para que vieran a Jesús. Ella invitaba a los niños a decirle en voz alta a Jesús lo que quisieran. Un niño, viendo la Eucaristía en aquella custodia con rayos, le dijo: «Jesús, me gusta tu sombrero». Ella nos contaba después estas anécdotas, sin desanimarse ante la simplicidad de sus pequeños alumnos.

Después de un tiempo, incluso cuando no había ninguna hermana con ellos, los niños venían hasta nuestra capilla, hacían por su cuenta una pequeña reflexión, elegían un canto y rezaban su misterio. Alguna vez yo me quedaba boquiabierta viendo rezar de aquella manera a niños que, a veces, eran muy pequeños. Ella ni se paraba a mirar. Nunca me pareció que cayera en la tentación de atribuirse nada ni de provocar hechos llamativos usando el gran ascendiente que tenía con los niños. Tenía un gran respeto por la dignidad de los niños, era muy sincera con ellos, nunca les manipulaba y nunca les halagaba. Y de la misma forma trataba a los jóvenes.

Este hecho de no envanecerse me llamaba mucho la atención, máxime viendo cuántos dones tenía y cuánto se hacía querer. Una vez le pregunté si no se le habían subido a la cabeza sus muchas capacidades artísticas cuando era pequeña. Ella sacudió la cabeza en señal negativa, diciendo que: «Con Margaret no era posible». Su madre, Margaret, fue seguramente la mujer providencial que le trasmitió ese realismo humano que tenía la Hna. Clare, tan enemigo de las poses y de la afectación. Solo una vez —contaba la Hna. Clare— su madre había caído en la trampa. Fue la vez en que fueron a recogerla del colegio para llevarla a casa porque ella estaba supuestamente «hipnotizada». La misma Hna. Clare se sorprendió de que esa vez su madre no le hubiera ordenado bajo amenazas que dejara inmediatamente de hacer el tonto, sino que realmente creyó que estaba hipnotizada. Me vino a la memoria esta anécdota de la Hna. Clare cuando oí decir a las hermanas que fueron a su entierro en Derry que su madre había dicho: «Y estas hermanas que dicen que Clare era tan buena, que sepan que de pequeña tiraba del pelo a sus hermanas». Me pareció que la Hna. Clare se sonreía desde el Cielo diciendo: «¡Esta es Margaret!».

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